Un mal día lo tiene cualquiera

5 10 2008

 

Sabe uno de esos días en los que se levanta y sabe que no debería haber puesto el pie en el suelo. La gente lo llama levantarse con el pie izquierdo, yo lo llamo empecinarse en el error. Esta mañana me he levantado, he mirado por la ventana del baño y he pensado que iba a hacer sol, a pesar que el tiempo había anunciado tormentas incesantes sobre Barcelona. Así que me he puesto un modelito más bien veraniego, con unas sandalias que me conjuntaban muy bien, pero que tienen la problemática de ser extremadamente incómodas y poco prácticas cuando hay que andar. Teniendo en cuenta que debía pasarme por un par de tiendas del centro, separadas por una considerable distancia a pie, estas sandalias solo cogidas por el dedo gordo del pie no parecían la mejor opción. Me he tirado al agua, igualmente. ¿Le ha sucedido eso alguna vez? Sales de casa con aquella camiseta que sabes que no te pega con los tejanos y te hace sentir incómodo, o como era el caso de hoy, con una camiseta que al poco de llevarla empieza a soltar un incomprensible olor a humedad, se haya sudado o no. Así que iba yo con las chanclas incómodas para andar, la camiseta perfumada de humedad y una bolsa demasiado cargada para lo que tenía que hacer. He salido de casa preguntándome porque estaba haciendo eso. ¡Aún me lo pregunto!He caminado las cuatro calles que separan mi casa de la parada del metro y ¿a que no sabe qué? Por una vez en la vida he atrapado el metro que justo llegaba. En la parada de metro de Valldaura se produce un misterio que ha sido estudiado largo y tendido por expertos de la NASA y de otros institutos científicos de los buenos—y de ciencias ocultas.—El reloj que anuncia la llegada del próximo tren siempre, y quiero recalcar el siempre, se sitúa levemente por encima o por debajo de un minuto. No importa que el metro se acabe de marchar, la pantalla siempre anuncia el próximo en 50 segundos, aprox. Así que uno se sienta en el banco o ni se sienta porque prevé la llegada inminente del convoy cuando si se fija en el marcador electrónico cada vez que el reloj osa acercarse a los 40 segundos, este salta abruptamente al minuto y pico y así una y otra vez. De manera, que el viajero pardillo que no esta acostumbrado a la triquiñuela del contador, se queda de pie impacientándose por momentos. Si algún día visita esta estación, le recomiendo que tome asiento y se automedique con paciencia. A veces el próximo metro llega tras más de diez minutos de espera, en día laborable y hora punta. Algunas veces he pensado en situar allí algún tipo de cuento de ciencia ficción sobre un lugar donde no pasa el tiempo y los pasajeros envejecen y mueren sin dolor o algo así. Tengo que pensar en ello, como ve es una idea que no tengo muy madura.

Total, que bajaba las primeras escaleras y he oído que llegaba. He pasado el abono y he bajado a toda prisa las escaleras mecánicas para llegar a la primera puerta del primer vagón. Justo cuando la alcanzaba me he pegado un resbalón y he caído con todo el peso de la ley sobre el mármol brillante ante la mirada estupefacta de algunos pasajeros y las risas contenidas de la conductora que miraba por el retrovisor. Así que ha hecho sonar la bocina que anuncia que se cierran las puertas y, sin pensarlo, me he medio arrastrado hasta el interior del vagón. Ha sido una escena bastante patética. Si hubiera tenido un poco de inteligencia emocional, tal vez abría ido hacia el banco y habría esperado al próximo tren, llegara cuando llegara, porque en las varias estaciones que me separaban de mi destino he sido el centro de atención de los pasajeros que allí habían. Para más INRI el tren no era de esos que están todos abiertos y puedes ir al último vagón. La peor suerte que se puede tener.

He salido en el centro ya un poco recuperado de mi descalabro. Justo repuntaba las últimas escaleras hacia la luz del día y me he dado cuenta que iba a caer un chaparrón de dimensiones insospechadas. El viento ha soplado un par de veces y se ha puesto a llover a cántaros. Las sandalias ansiosas por resbalar no ayudaban a alcanzar el punto y final de mi camino, así que a parte de calarme los pies y empezar a estornudar, tenía que ir con pies de plomo para no patinarme de nuevo. La camiseta que tiende a oler a humedad se ha humedecido y ha empezado a oler de motu propio. He llegado a la tienda y ya notaba mi mal olor no corporal sino textil y he empezado a desesperar. El dependiente también lo ha notado porque no ha mencionado que me estaba comprando los calcetines de la colección Liberad a Willy y que tenían otros complementos para mi satisfacción personal y beneficio de su empresa. En cambio, si se lo ha dicho al tío de detrás de mí, que era tan claramente bisexual como lo podría ser yo. A mi, me ha parecido una manera de ligar un poco mala, pero teniendo en cuenta que con el recibo de la tarjeta de crédito tienen el nombre completo, igual el cliente se encuentra un día una llamadita al fijo diciéndole que le regalan los calzoncillos boxer de Liberad a Willy si va a tal dirección… A mi no me pasan esas cosas y menos con el día que llevo.

De vuelta al metro he resbalado por las escaleras, pa’ haberme matao. Esta vez más que ridículo ha sido peligroso. Me he caído medio rodando un rellano de escaleras del metro de Passeig de Gracia. Creo que me van a salir algunos morados. ¡Pa’ haberme matao! Ahí me han visto algunas personas, que debo decir que me han intentado ayudar. La cosa parecía más grave que en el primer resbalón del día. Y ya le avanzo que no ha habido más caídas en el transporte público. Se me ha manchado la ropa que me había comprado, con lo que me gusta a mi estrenar con aquel apresto que tienen las prendas recién compradas. ¿Se ha fijado que una camiseta o una camisa recién comprada tiende a no coger el olor corporal la primera vez que te la pones? Es una concesión que hace Zara y otras marcas a sus clientes. Luego, el día que sudas, se atufa toda y tienes que lavarla, aunque solo te la hayas puesto dos horas. Pero el primer día no, el primer día te lo perdonan.

De vuelta a casa, me he puesto algunas de las canciones que me animan en los días malos, como el de hoy. Últimamente me recarga de energía una canción de Edith Piaf. Luego se la pongo. Se llama Milord y me hace imaginar los felices años veinte. ¿Sabe? Total que iba escuchando el ritmo sincopado de la canción cuando dos niños en un patinete casi se estampan contra una farola. Me he girado inmediatamente ante lo inminente del topetazo, pero la han esquivado magistralmente. Pero con el despiste, no me he dado cuenta que habían molestado a un grupo de palomas que estaban campando por la acera. Cuando he vuelto la vista al frente, una paloma, en le frenesí de la huída se ha estampado en mi cara. El momento ha resultado bastante desagradable, no tanto por el impacto, como por la fama de ratas del aire que tienen estos bichejos. He terminado con una pluma en la boca, la moral por el suelo… y ¿a que no se imagina? Me he puesto Edith Piaf para intentar reengancharme con la vida y se ha terminado la batería del reproductor. Realmente hoy no era mi día. He llegado a casa, me he puesto un pijamita de ovejas y me he tumbado en el sofá a ver películas tristes que me hicieran llorar. ¡No había para menos!

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