Se lo dije… era una señal.

19 09 2008

Hace una semana que volví de Marruecos. ¡Qué rápido pasa el tiempo! Se lo digo doblemente. El otro día me quedé sin contarle el final de la historia. ¿Sabe cómo terminamos el viaje? Cogimos un autobús del erg a Marrakech para pasar los últimos dos días. Pronuncie conmigo MA-RA-KECH. Ya sé como lo dice la gente, pero no les haga caso. Cuando uno visita un lugar algo exótico tiene que fijarse muy bien en como lo pronuncian los locales, para que suene más verídico. Los marroquíes dicen “ma” con una “a” muy breve, un “ra” con una “r” muy fuerte y una “a” larga y poderosa, casi gutural y luego un “kech” seco y terminando bruscamente en una “che”, nada de arrastrar la “sh” feminizándola. Es un nombre con energía. Repita conmigo. MARRAKECH. Con garra ¡Muy bien!

Total, que subimos al autobús y nos sentamos en los primeros asientos que encontramos libres, bastante cerca del conductor que siempre implica soportar la redundante música de su radio, pero bueno, así lo quisimos. Lo peor no fue la posición, sino la duración del trayecto y la calidad del vehículo. El autobús se estropeó nada menos que en cuatro ocasiones. La primera a los 20 minutos de partir. Salía un humo extraño del morro que parecía solucionarse después de tirar agua sobre la mecánica hirviente. Con todo, el agua es algo que no abunda en el desierto y en un momento dado tuvieron que pedir a los pasajeros sus reservas hídricas. ¡Muy patético! Los ayudantes del conductor, que tienden a ser directamente proporcionales a los años que tiene el trasto, iban y venían, se discutían y gesticulaban con vehemencia. Alguna vez se hubiera incluso dicho que iban a pegarse. Seguro que alguno había faltado a su obligación de revisar el motor. Cuatro veces nos tuvimos que bajar del autobús bajo el sol de justicia del desierto y los montes Atlas. Curva va, curva viene… el puerto de Tichka fue nuestra única parada con la mala pata que nos pilló en momento de oración y no nos pudieron servir más comida que lo que estaba ya cocinado: bocadillos de dudosa calidad, casi todos con mayonesa (???), y galletas y patatas. Todo el mundo acaparó lo que pudo y se lo comió en los kilómetros siguientes. Al poco, tuvimos la suerte de asistir a uno de las atracciones de feria más emocionantes que se pueden vivir en la actualidad. ¡Acierte a cerrarla! El pasaje, en un 95% autóctonos, vomitaba con soltura por las ventanillas, lo que te forzaba a no perder ojo para cerrar la tuya al más mínimo indicio de arcada. Curva va, curva viene… Frenazo. Arcada. ¡Mucha tensión!

Y un viaje que tenía que durar seis horas, que ya me parecían muchas, fue algo así como de 16. Creo que nos engañaron en la agencia de viajes donde compramos los billetes. Digo creo, por no decirlo con mucha asertividad. El lujo del vehículo debía ubicarse en los ventiladores individuales que no funcionaban, porque sino no me lo explico. ¿A quién se le ocurre poner asientos de lanilla en un autobús que conduce por el desierto? Me dejé una botella de agua, o sea de caldillo plastificado, en el respaldo. Los baches y vaivenes del autobús me recordaban demasiado al camello, y ya sabe la buena impresión que me había llevado del animalito. Para colmo, alguno de los pasajeros colaboraba a rememorar el safari con sonidos que indicaban la clara expulsión de gases. Además, el conductor tuvo la indecencia de ganarse un sobresueldo a base de hacer de taxi local cada vez que cruzábamos una ciudad. El tema llegó a ser tan escandaloso que vivimos una persecución de taxistas, que claro, defendían su negocio ante los desvíos y las paraditas del autobusero. Al final dos taxis nos cerraron el paso, el autobús se subió sobre la cera y como en las pelis saltaron un par de palos de señalización por los aires con el consiguiente susto de nosotros mismos, temerosos de una nueva avería del motor. Y luego se montó una mini tangana entre el conductor y su séquito y los taxistas que se pararon a ayudar a los compadres defensores de sus derechos que ni le cuento. Los marroquíes que habían vomitado profusamente ahora se asomaban a las ventanillas para seguir los acontecimientos. Pero al final los autobuseros cedieron y obligaron a bajar a los pasajeros locales, ante la inminente amenaza de llamar a la policía. Digo yo… ¿Hubo devolución de dinero? Esa sería una buena pregunta. Me sentí feliz por la resolución del conflicto de intereses. Al menos de ahora en adelante pararíamos menos. ¿No?

¿Y no se imagina qué? Justo llegamos a Marrakech, pasamos por una especie de estadio y ya me sentía llegando a mi merecido descanso cuando de golpe el conductor grita en árabe: “¡Todo el mundo al suelo!”—eso es lo que supongo yo, visto lo que pasó a posteriori— ¿Un atraco? No me pega en este escenario. ¿Una bomba? Musulmanes buenos, musulmanes buenos… no me lo puedo creer, iba a morir en Marruecos a manos de un comando de Al Qaeda. Mi madre nunca me lo perdonaría… morir así, digo. Y no, unas piedras de palmo empezaron a cruzar los cristales de la parte derecha. Los añicos caían sobre nuestras cabezas, mientras la gente se cubría con cojines. Mis compañeros y yo, que sólo oíamos la quebradiza de cristales seguíamos pensando en cócteles molotov hasta que un pedrusco me dio en la espalda. Me voy a quedar inválido también… no puedo creerlo. El pum, pum, siguió durante unos segundos que me parecieron larguísimos. El último proyectil rompió la ventada posterior, la gente empezó a levantarse del suelo, sacudiéndose los trocitos de cristal de la ropa y el pelo. ¿Por qué? No se lo creerá, el FC Marrakech acababa de perder la Copa del Rey. Aquí donde me ve, me había meado encima.

P.S. ¿La ciudad? Sí, sí… muy bonita. Se la recomiendo.

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2 responses

19 09 2008
pinto

Brig! Brig! Brig! Oh my God! Pero la espalda la tienes bien, no?

19 09 2008
ariadna

este es el problema de los que intentamos vivir en un mundo sin fútbol: es imposible, ¡se cuela por todas partes!

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