Camel safari

16 09 2008

¿Vio mi blog? Le colgué allí una foto del viaje para que no perdiera el contacto conmigo en estos cinco días. Bueno, que lo sepa, a partir de ahora, no voy a dejarle desinformado por tanto tiempo. Tiene que hacer un esfuerzo usted también.

Querría constatar que a pesar de todo lo malo que pueda salir a relucir en los próximos minutos mi encuentro con las dunas fue totalmente fascinante. ¿Sabe? Había estado esperando una escapada al desierto durante años. Me parece un lugar de lo más interesante, un espacio liminal entre el ser y el no ser, donde la supervivencia se pone a prueba—claro, no a los turistas, nosotros sobrevivimos fácilmente con un lujo considerable para el lugar.— Directamente desde Marrakech fuimos a este rincón del Sahara, con un Hyunday Athos. Sólo de ida, para volver del hotelito de las dunas a su destino original el cliente se las apaña… “¡existen autobuses!”, dijeron los malvados intermediarios. De todos modos, ¿no le parece un Athos un vehículo algo básico para adentrarse en los arenales del desierto? A mí, también. La verdad es que nos conducía un marroquí bonachón, que no tuvo ningún problema para guiarse en medio de la nada. Por momentos yo pensé que embarrancábamos y que teníamos que empujar bajo un sol de justicia o peor, ponernos a cavar bajo las ruedas, mientras estas giraban resbalando sobre el polvo, haciendo más profundo el hoyo en que se habían hundido. El agua se había convertido en un caldillo desagradable y no esperaba mucho más confort en los próximos días. Los viajes, mi señor, hay que sufrirlos un poco para poder decir que se ha vivido algo emocionante. Pues, después de conducir por la nada durante un buen rato, la carretera muy atrás y la arena cada vez formando una nube mayor de polvo tras nuestro, llegamos a una edificación muy digna a pie de duna. No había ni una sombra, eso sí. Los camellos estaban tumbados a pie de las primeras ondulaciones y nada más llegar casi nos suben al camello y nos echan del lugar. Menos mal que un tal Musta nos advirtió que deberíamos comprar agua helada para que se convirtiera en caldo plastificado, pero que al menos nos salvaría de la deshidratación. Subimos al camello y nos dirigimos hacia el Erg Chabbi, en caravana como los comerciantes transaharianos. ¡Que emoción!

La verdad es que a los demás no les debía parecer tan emocionante. Con nosotros viajaba un camellero que se presentó como Said, de familia berebere, y en la expedición tres guiris. Uno era un merluzo con ascendencia asiática que se puso el mp3, para no oírnos. ¡Cómo se puede ser tan antisocial! Desde luego… Los otros dos eran un par de alemanes vestidos con harapos, algo bastante común entre el hippismo mundial cuando viaja a lo que consideran el Tercer Mundo, y que a parte de su gran amor, que debían demostrarse en la intimidad, porque en el tete a tete estaban más bien distantes, no articularon palabra. Vaya, que la cosa se iba a convertir en un festín del grupito español que iba a hacerles pasar un mal rato a los guiris de turno, harapientos o no.

Déjeme decirle algo. El camello no tiene nada de romántico. Huele mal, se tira pedos, se mea sobre sus patas, eructa y demás cosas que entre los humanos son consideradas de muy mal gusto. Puedo llegar a comprender que es un animal y no se rige por las mismas reglas de buena educación que nosotros, pero sabe, aún y así no me gusta que un animal se explaye a sus anchas cuando yo voy montado encima. La verdad es que después del viajecito vi al camello con muy poca estima. Además, se bambolea todo el rato, así que no se puede uno relajar ni un momento porque podría perder el equilibrio y pegarse una leche monumental, porque el camello va muy, pero que muy, arriba. Nada que ver con el caballo. Cuando pasa de la posición arrodillada a la posición en pie, es como si te montaran en lo alto de una atalaya que se balancea. ¡Algo terrible! Y con una anchura del costillar que debe reproducirse en tu apertura de piernas. No se si le he comentado algún día que mi flexibilidad brilla por su ausencia y que los tendones de mis ingles son casi de cemento. La postura se me quedó tan fijada después de 4 horas que luego no podía volver a juntar las piernas. ¡Un horror! Súmelo todo, el dolor, los inefables sonidos corporales del animal, el agua caldillo, el sol pegándonos de lleno lo que te obliga a llevar unas pintas deplorables que incluyen pañuelo en la cabeza, las gafas de sol graduadas que te hiciste después de la primera comunión y algo de ropa que no tengas en mucha estima, por si acaso… No le mostraré las fotos para que no se asuste, pero si hubiera aparecido en aquella duna el hombre o la mujer de mi vida, habría huido corriendo, aunque yo hubiera sido el único compañero que le quedara en este mundo. Así me sentía… ¿se da cuenta?

La noche fue discreta. Brillaba la luna llena, la peor situación para ver las estrellas en su máximo esplendor. Así que nos olvidamos de la Vía Láctea y aceptamos la invitación del camellero Said, que no cantaba canciones tradicionales y del desierto sabía lo justo, para ir a pasear por las dunas. Recuerde que en el campamento dejamos al besugo inglés y la pareja de antisociales alemanes. Al menos el chico berebere tuvo una iniciativa interesante. Caminar de noche sobre la arena era algo relajante, aunque tuvimos que aguantar la historia de su familia y la dura vida del desierto, algo que deben contar a todos los turistas, parte del pack. ¿Vaya usted a saber cuanto es cierto y cuanto se lo inventan? Hoy en día para agradar a un turista se hace más de lo lícito, se lo digo yo. A la vuelta, los moluscos se habían escondido en sus caparazones. Nos dormimos bajo las pocas estrellas, preparados por si bajaba la temperatura. Pero no bajó… la gente exagera en eso de la inversión térmica del desierto. Y nos habían preparado unas camas muy estupendas el camellero y sus ayudantes, que no habían venido con nosotros, así que supongo que estaban allí en el campamento viviendo… Unos chavalines ¡Horror!

Si la noche fue regular, el amanecer fue espectacular. A no ser por lo patético de tener que trepar a la gran duna a las 5 de la madrugada y llegar a lo alto sudoroso y empanado como una croqueta, con arenilla en los recovecos de las orejas que no iría en los próximos días. De corazón se lo digo, tuve que trepar a cuatro patas para superar el cansancio y lo pronunciado de la pendiente mientras los surcos formaban cataratas de arena. En lo alto Pescado Hervido y la pareja silenciosa ya sacaban sus equipos fotográficos para inmortalizar el instante y bajar corriendo a desayunar.—consejo: nunca saque su cámara que le ha costado un dineral en un contexto lleno de polvo que potencialmente puede destruir la mecánica de su aparato.— En efecto, subieron los primeros y bajaron los primeros… ¡qué prisas! No entiendo esta pasión de la gente por tomar instantáneas a cientos de cada cosa que experimentan. Creo que ninguno se paró a observar lo hermoso del instante, sólo intentaron tener el recuerdo. Sabe, tengo la teoría que las fotografías innecesarias terminaran por erosionar los colores de la realidad. Un día le contaré esta teoría… la tengo bastante desarrollada. Yo sólo hice una, la que le colgué en el post anterior, publicada desde el desierto. En casa del camellero había Internet… ¿se imagina? Por eso le digo que no sé hasta donde creerme la historia de miseria y dureza que me contó el tal Said. Igual debajo de la casita de adobe tenían un búnker con griferías doradas. Desde luego, establo para camellos no tenía.

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2 responses

18 09 2008
pinto

Don Brig, no vuelvo a montar en camello. Todavía me duele!
(^o^)

15 10 2008
miss exodos

Me recuerda a algo… Jaisalmer? Lo de las ventosidades del animal sobretodo! Y luego hay quien dice que son monos!

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