Mr. Mystic

10 09 2008

Después de los últimos encuentros caracterizados por el relatorio sexual, tengo que decirle que me he propuesto cambiar de tema. Sólo déjeme decir que llevo una semana de intercambio de SMS con Laia, que cuidaba una iaia. Parece que podría cambiar de trabajo… espero que mantenga la rima. Laia, vende cobayas. Laia, vigilante de la playa. Laia, se viste de abeja maya. Laia, recoge metralla… se me ocurren muchas. Pero, sigamos. La comunicación es fluida, aunque no ha llegado al nivel necesario para adentrarnos en la ardua tarea de iniciar conversaciones telefónicas. Va despacio… déjeme hacer.

Pero, oiga, estoy contento. Hoy he vuelto a realizar una incursión intelectual de esas que me gustan a mi. Se ha fijado alguna vez en la librería de la calle Princesa. Creo que es la única. Sobresale levemente de la línea de fachadas, con un avancé muy vintage. Se habrá fijado seguro porque los títulos del escaparate suelen ser bastante peculiares: el Dalai Lama, Hildegarda de Bingen, el Maestro Eckhart, el I Ching, vaya, una freakada sin precedentes en las artes del misticismo y las religiones. También tengo que reconocer que hay bastante literatura de ficción sobre estos fenómenos y best sellers de corte historicista y parapsicológico. El hombre que regenta el negocio es un personaje particular. Incluso le diría que da un poco de miedo. Entre Freud y alguien que ahora mismo no me viene a la cabeza. Tal vez con más pelo que Freud. Un señor mayor que conoce el catálogo de su librería como la palma de su mano. Pídale lo que quiera, se lo da en un momento. No es un buen lugar para pasarse un rato ojeando, ya que el espacio es pequeño y Mr. Mystic, llamémosle así, está presente en el deambular y si no inquiere con la voz lo hace con la mirada. Por suerte, conmigo entraron una pareja de hippies que buscaban títulos de literatura new age y algo sobre budismo tántrico. Ahí Mr. Mystic demostró que dominaba el tema y que el escaparate no era más que un anuncio de su sabiduría. Total, que mientras les relataba los fundamentos del tantrismo, que quedaban algo lejos de lo que los chicos buscaban—yo me decanto más por prácticas sexuales de satisfacción extraordinaria para los participantes, a pesar de que no puedo confirmarlo porque no lo mencionaron; tampoco compraron nada.— yo me paseé a placer y pude fisgonear en los libros de un estante arrinconada dedicado a las artes eróticas. Entiéndame, del amor, no del sexo. Es que ya sabe que me estoy intercambiando misivas electrónicas con una diosa potencial de mi devoción. Sabía usted que hay dos libros con el título El arte de amar. Está el de Ovidio con sus mitos, para hacerle justicia Ars Amandis, que ya había consultado en mi adolescencia. Pero luego está el de Erich Fromm y este yo no lo conocía—mire a veces es mejor reconocer llanamente que no conoce a tal autor que pretender que sí, y hacer el ridículo— Así que me dispuse a ver como desarrollaba el tema en cuestión, por si me apetecía comprarlo y leerlo y aprender algo. ¿Y a qué no sabe qué? Dentro había algo.

¿Esto le ha interesado? ¡Ah! Me gusta, me gusta. Yo me sentí un poco como Amélie cuando le cayó el tapón de la colonia y se desencajó la baldosa del rodapiés y descubrió la caja antigua del niño con todos sus tesoros. ¿Se acuerda? Yo de más joven adulaba esta creación del cine de los últimos años y a Jean Pierre Jeunet, a pesar de que dirigió también Alien: Resurrection, que no es uno de mis referentes, como comprenderá. Aunque ahora, ya más mayorcito, me siento un poco alejado de esa visión romantizada de Amélie y de París. Le debo, entre muchos otros, el relato de mis días en París, ¿vale? Ya ha tenido unos segundos para pensar. Ahora usted habrá llegado a la conclusión de que lo que había dentro formaba parte de la publicidad del libro, algo que la editorial incluía como bonus track. Pues… lo que había era una postal. Y no creo que viniera de serie, ya que por detrás había letra manuscrita—hoy en día se manuscribe poco, habría que obligar a manuscribir un cierto número de postales y cartas al año a cada ciudadano respetable, eso sería una medida educativa y sostenible, ¿no le parece?— Total, que me encontré la postal que era de Marrakech. De un precioso mercado de especias en el zoco de Marrakech, cerca de Jama’al Fna. Los colores estaban algo roídos, pero no por el paso del tiempo. Era una compra reciente que imitaba la erosión del tiempo para darle un aire romántico. Sin duda, alguien se había tomado muchas molestias. Por detrás en una bonita letra, que yo otorgaría a una chica por lo pulida y redondeada, en un azul que recordaba a los bolis Sierra que utilizaba en la infancia—¿nunca se fijó en que los Bic y los Staedtler tenían un tono muy distinto de los Sierra? Yo era Sierra— ponía: “Veo que todavía crees en la magia. La Central del Raval”. Puedo afirmar dos cosas: el autor tenía buen gusto con las librerías y era algo críptico. Definitivamente iba dirigida a alguien. Le trataba de tu, muy claramente. No me quedé con la postal, tenía otro destinatario, ¿no cree? Tal vez. ¡Crea un poco en el romanticismo!. ¡Crea!. ¡Crea!. ¡Crea!. Además me hubiera dado mucho bochorno que Mr. Mystic me pillara metiéndome la tarjeta en la bolsa, como si de un vulgar ladrón se tratara. Pero anoté el hecho en mi agenda. Pensaré sobre ello.

¿Sabe lo mejor? Yo lo interpreto como una señal. ¿Cree usted en las señales? No me lo diga, ¡no cree! Se le ve racionalista, ya le dije el otro día. Por eso le va Freud, porque intentó poner un poco de orden al subconsciente. Un científico de tomo y lomo. Pues resulta que me voy mañana a Marruecos. Nada importante, 5 días, una escapada al desierto. Algo que ha salido espontáneamente con unos amigos. Una superoferta de vuelo porque no se habían llenado este puente, por eso de la crisis supongo. Marruecos, el desierto… Me trae recuerdos. La postal era una señal. Algo pasará en Marrakech.

P.S. Compré un libro, claro. Una mitología hindú. La verdad es que para lo versado que estaba el hombre en el tema, lo que me ofreció parecía más bien de mala calidad. Una mitología barata, de esas con papel de grosor considerable, pero que se ve que es rudo. Con una impresión borrosa en algunas páginas, llena de faltas de ortografía y fatalmente traducida del inglés. Al menos, la emoción me salió barata. Señales a 5 euros. ¿Quién da más?

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