Too drunk to fuck

6 09 2008

El otro día quería contarle algo y se me olvidó. La cosa era tan simple como que me habían invitado a una fiesta de fin de verano. Hacía años que no asistía a un acontecimiento de tal envergadura. Durante mi infancia y adolescencia, este acto coincidía con el aniversario de un niño de mi pueblo, que aquí llamaremos Albert Puche, para que no haya malentendidos. Su padre montaba una merendola con todo tipo de juegos al aire libre en el jardín de su casa. Recuerdo que cuando nos marchábamos, siempre nos embargaba un sentimiento de profundo pesar, como si el final del verano augurara un cambio radical de nuestras vidas. En realidad, sólo iba a empezar otro curso y nos seguiríamos viendo a diario, o de fin de semana en fin de semana con aquellos que eran de la ciudad. Pero, fíjese que tan pequeños ya habíamos entendido la trágica carga que conlleva el paso del tiempo. Alguna vez, incluso soltamos alguna lágrima. Yo, pocas, no soy muy dado al sentimentalismo, aunque, ¿por qué engañarle? Lo pasaba muy mal para mis adentros.

Pues, después de muchos años, me invitaron a otra. Esta, sin duda, tenía un aire más festivo y algo libertino. O sea, era una fiesta subidita de tono, con el objetivo de pasar un buen rato medio alcoholizados y, a ser posible, pillar cacho antes del final de la estación que es, en teoría, la más apta para el sexo, que no para el amor. Estaba organizada por un amigo de un amigo, uno de esos que ni conoces pero que te cae súper bien cuando se plantea la opción de ir a su fiesta en un bar con jardín en la zona alta. En este caso el lugar era Aulazero, el café de la Escola Eina. La noche era de cuarto creciente, una estampa muy orientalizante, habían llenado el local con velas e incienso de jazmín, of course, y las copas iban a 6 euros. La entrada triunfal a tal garito era un poco lúgubre. Yo había estado allí alguna tarde, tirado en la hierba del parque, esperando a una amiga que estudiaba en la escuela. No se me había pasado por la cabeza que allí se pudiera montar algo que no fuera un simulacro de peli de terror una noche de verano, pero, ¡mire! Montan fiestas… Con todo, voy a confesarle que los camareros podrían haber servido de relleno a una peli de zombis. A mi, el tipo de la música no me dio muy buena espina.

Como habrá adivinado a estas alturas no me había comido un rosco en todo el verano. Y, de súbito, recuperé mi olfato para las relaciones heterosexuales—no se extrañe, hay que tener mentalidad moderna.— Ella, con una camisa ajustada abierta hasta donde es lícito enseñar, unos falda tejana ajustada, chanclas bahianas de su talla, sus gafas de pasta y un perfume suave, afrutado, irresistible. La vi desde el primer momento porque gritaba, mejor dicho, hablaba a voces. ¿Sabe usted ese puntillo de cuando llegas a un local con alguna copilla en el cuerpo, ese en que no tienes que irte uniendo a la fiesta porque ya la traes a cuestas? Pues en ese momento estaba Laia. Después de pedir su cubata, se dirigió hacia mi amigo con quien había estado hablando de sus últimas vacaciones de pareja en Cabo Norte—o sea, tostón.— Atacó sin piedad al pobre chico, que debe estar de mejor ver que yo, o simplemente no lleva gafas—las gafas son siempre un desmotivador en el acto de tirar cañas y no entiendo el porqué si luego descubres que la mitad de los que salen sin gafas usan lentillas o van de cegatos toda la noche; yo me abstengo de tal farsa, con gafas toujours.— Marcel le dijo muy educadamente que él ya estaba pillado, pero que ahí estaba yo, soltero y dispuesto a darle un buen rato de conversación. Una sonrisa falsa se dibujó en mi boca, de lo último que tenía ganas era de pretender ser gracioso e interesante con una borracha.

Laia, que cuidaba una iaia, era una tipa que no esperaba mucho de la noche. Los éxitos del verano iban sonando y Laia, que cuidaba una iaia, fue deshojando su miserable vida ante mi cara atónita. Estuve hora y pico sentado en un rincón sorbiendo un gin tonic y escuchándola quejarse. ¿Conoce el desmoronamiento postalcohólico? Es eso en lo que caes cuando ya has pasado la raya, pero tu cuerpo se niega a caer en redondo. Se trata de una fase extremadamente trágica y particularmente patética. Con esfuerzo titánico, y deduciendo de las varias repeticiones y los gangueos, saqué en claro que la había dejado el novio y estaba triste, deprimida y ansiosa por encontrar un substituto. Lo peor no era la intención, sino pregonarlo a los cuatro vientos ante un posible candidato a rollo de la noche. Incluso me soltó que si no lo encontraba, el substituto, estaba dispuesta a rogarle al exnovio, que aparentemente tenía que llegar en cualquier momento. Empecé a odiar a Marcel y a la fiesta de fin de verano. En cuanto pude me escapé a por otra copa con el deseo intenso de ponerme a bailar en la otra punta de la ciudad, para que no me encontrara Laia, que cuidaba una iaia. Pero Laia, que ya sabe lo que cuidaba, me encontró. De hecho mandó a una amiga para decirme que sólo iba a permitir que alguien la llevara al baño si era yo. Ante la amenaza de mearse en medio de la pista de baile accedimos al chantaje. Cuando la cogí del brazo me pegó un morreo con sabor a piruleta de corazón. ¡Que tierno!, puede pensar. Lo cierto, es que todo empezaba a ser demasiado embarazoso.

La acompañé al baño e insistió que la llevara hasta la taza. No le engañaré, cada vez se sostenía más de mi brazo y murmuraba cosas incomprensibles. Créame que lo hice lo mejor que supe: le bajé la falda—muy apretada, muy muy apretada— la senté ahí en el wáter y esperé a que terminara girado hacia la puerta. Mientras, le juro que decía algo así como que yo debía ser maricón para no mirar a una mujer medio en pelotas que se le ponía a tiro. Lo cierto es que oír como mea una casi desconocida me pareció el súmmum del antisexy, así que imaginé que aquel sonido contra la cerámica no estaba existiendo. Joder, pero mira si estaba cuerda la Laia, que cuidaba una iaia, que se subió las bragas mientras me perdía en mis pensamientos y me arrinconó contra la puerta. Después de meterme mano un par de veces, me introdujo la lengua hasta la campanilla y pronunció aquella frase de “¿vamos a tu casa o a la mía?” que en su estado parecía un poco penosa. Pero lo que me decidió a no ir, fue la coletilla “igualmente, mañana no me voy a acordar”. Oiga, disculpe, yo sí que me iba a acordar. Tirarse a una borracha, recién dejada por el novio, a quien has oído mear en un baño público y con serias posibilidades de vomitarte en el taxi no es la puesta en escena más ideal de una noche veraniega de placer. Así que salí un poco mosca, dejé a Laia, que cuidaba a una iaia—empiezo a pensar que la iaia la cuidaba a ella—con sus amigas y me reintegré con mi grupo, maldiciendo a Marcel de nuevo.

Sólo voy a añadir, que después de caer medio muerta en la puerta del local, se lió con su exnovio que había aparecido. Pero, al final de la noche, ya un poco recuperada, vino a despedirse. Me dijo que había sido muy majo y me dejó una nota en el bolsillo con su teléfono. “OTRO SE ME HUBIERA TIRADO EN EL BAÑO. LLÁMAME” y un número de móvil. La grafía era algo dubitativa. Quizá la llame.

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4 responses

8 09 2008
Pinto

Fíjese Ud.,
que en un reciente macro-crucero indico-pacífico al que tuve el honor honorífico de ser invitado, encontré muchos sujetos y muchas sujetas con una sintomatología muy muy muy similar a la que describe en este post… ¡qué casualidades de la vida! ¡qué casualidades, oiga!

8 09 2008
ariadnaaa :)

Vaya història!
Aquest blog s’esta començant a posar molt interessant! I com a conseqüència m’estic enganxant a llegirlo!
Si s que les nits barcelonines, donen pr molt oii?

Brig, continuaaixí! i a vere si hi ha mees sort a la proxima festa 😉

8 09 2008
fvillena

Eso sí que no… con una borracha recién abandonada nunca. “I rather have death” osease “Genio y figura hasta la sepultura”

22 09 2008
Miss Éxodos

Había olvidado la historia de Laia, que cuidaba a una iaia!!!!!!
Gracias por las risas que me acabo de pegar sola delante del ordenador (para jolgorio de todos los indios del bar)!

MUA!

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