Largo paréntesis pasado por agua

10 11 2008

Siento mucho no haberle avisado. ¿Sabe? Yo odio esas cosas en los demás, pero se han encadenado las cosas. Esos días con tanta lluvia, una oferta fugaz para salir del país a ver mundo, grave falta de liquidez… un poco todo. Pero prometo serle fiel de ahora en adelante. Tal vez algo menos, pues siguen los problemas económicos… pero vendré, vendré.

 

La verdad es que hoy sólo me pasaba a saludar. Pero ya que las voy cargando, déjeme que le muestre algunas fotografías. He estado en Copenhague. ¿Qué ciudad? ¿Qué hombres? ¿Qué mujeres? En Copenhague, donde hacía un frío intenso, pero no llovía mientras en Barcelona diluviaba tengo un amigo que hace un Erasmus. He ido allí a amontonarme junto a otras visitas en su pequeña habitación en unas casas amarillas que hay cerca de un parque enorme. Casa obreras, no se crea, con muchas rendijas por donde se cuela el frío. Pero, ¡qué experiencia! ¿Ha estado en Dinamarca? Debe viajar más.

 

Dinamarca es totalmente plano, que cosa, verdad. Cuando aterricé en Copenhague se veían los molinos de viento dentro del mar y el sol brillando sobre la ciudad verde, dispersa, increíble. El aeropuerto era de parquet, como un piso de la zona alta, ¿sabe? Tan cómodo, tan bonito, tan increíble. La gente habla un inglés estupendo, no se crea, aunque luego apenas tienen carteles en inglés, así que tienes que socializar con la población local si te quieres enterar de algo. ¿Y qué población local? Todos guapos, aunque no exactamente con la idea del escandinavo que yo tenía. Todos delgados, porque todos corren por los parques al atardecer, que claro, allí son las 4 de la tarde. No hay gordos en Dinamarca… y no debe haber pobres, porque con el precio de las cosas… Yo creo que en Copenhague no existe el Lidl ni el Mercadona, la gente lo despreciaría. Y finalmente, qué luz, qué luz tan estupenda al atardecer. En Barcelona diluviando y en Dinamarca esa luz… ha sido una experiencia increíble, no se lo he dicho.

 

Increíble…

 

 

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Patético recital poético

24 10 2008

Jueves 23 de octubre. Café Berlín, Muntaner 240. Lectura de poesía brasileña por un pseudo poeta llamado Régis Bonvicino, pagado por el gobierno brasileño con una audiencia muy sudaquilla, sobretodo de Cuba y algún que otro catalán perdido que, si acaso, fue porque estaba estudiando portugués. Estos últimos se delataban fácilmente por la avidez de gorronear y los susurrillos y comentarios de broma.

Asistir a una lectura pública de poesía de un autor desconocido para la mayoría de la audiencia, Joao Cabral de Melo, es una actividad algo extravagante para un jueves por la noche. Aunque tengo que decirle que para el currículum vitae de un intelectual, es un acto que fácilmente eleva el caché. Fui a una lectura poética en un bar, suena exclusivo, suena elevado, suena interesante. Además, visto el éxito que tienen hoy día la poesía y sus subgéneros, entenderá que ir a un acto poético es como llevar adelante un sitio heroico contra un enorme ejército armado con catapultas infernales. Ya ve… La poesía esta muerta en nuestros días fugaces, y la pequeña comunidad que la mantiene viva puede parecer una suerte de partido ilegal que tratara con temas tabúes, cosa que explicaría que la reunión clandestina se celebrara en una sala oscura y subterránea. Y la sala estaba llena de humo y sofás. A la entrada te daban el pack del intelectual underground, un paquete de cigarrillos Gitanes, es un decir, y una copa de vino espumoso, rellenable, ¡claro! El vino no estaba mal, en mi humilde opinión. El fumeteo, el vino y alguna que otra pinta extraña mantenían cierta atmosfera de bohemia alternativa de las vanguardias de los años veinte.

La lectura fue, de hecho, un soplo de acento cubano sobre poemas portugueses traducidos al español. Algo rocambolesco. El famoso poeta brasileño leyó bien poco, y cuando lo hacía, se podía apreciar claramente el silencio reinante, el humo holgazaneando sobre nuestras cabezas y el vibrar de las burbujas en las copas. El tipo es lo que usted y yo consideraríamos un bastardo, un embaucador con cierto aire intelectual. El resto de lectores fueron… cubanos. No le digo mucho, pero es curioso ver el interés que tiene gente aparentemente expatriada en las manifestaciones de la cultura. Los cubanos, con todo, tienen un acento nasalizante muy duro, tanto que a veces convierten unas palabras en otras. Digamos que le hacen perder a los poemas parte de su trascendencia.

El momento más hilarante llegó con la discusión. Como es costumbre en nuestro país, la gente participa poco de las opiniones cuando hay una mínima posibilidad de ser censurado. Los diálogos empezaron demasiado pronto a ser surrealistas, el falso poeta acusó insistentemente de fascista a George Bush, a Chávez, a la presidenta de argentina, a Lula da Silva de Brasil—que había pagado tan exclusiva sesión.— También resultaron fascistas Romano Prodi, Sarkozy y el jefe de estado indio. Ignoró indiscriminadamente a todo el continente africano. Culpó a China de vivir confundida en la mezcla del comunismo con el capitalismo como sistemas económicos, lo que comprenderá que es casi imposible. Pero la gran pregunta de toda la audiencia perpleja era: ¿Cómo puede ser que haya tanto fascismo y tan repartido por el mundo? No entendí si eso era la causa o el efecto de la falta de éxito de la poesía en el mundo contemporaneo. Como un todo, el mundo está en crisis, decadente y sin esperanza. Algunas frases, hay que reconocerlo, eran verdaderos eslóganes como ese de la “globalización de la mediocridad”… bastante bueno. Pero de ahí a poner a todos y cada uno de los países del mundo al borde de equiparar al nazismo, hay un trecho, ¿no cree? El señor Poeta no dibujó muy claramente el camino que iba de la mediocridad al fascismo, o al menos no lo entendí.

En mi opinión, la poesía está casi muerta por la misma riqueza de las naciones. El arte ya volverá a ser lo que una minoría privilegiada decide hacer o encargar, sinó una actividad articulada en base al mercado, donde el artista con éxito es castigado por sus colegas fracasados por estar demasiado cerca de la fama, algo que solo merecen los poetas muertos. Quien sabe si el famoso será el bueno, el tiempo hará su juicio paralelo en cuanto a calidad, pero al menos el artista no es un pseudovagagbundo que intenta colocar alguna tela, que muere solo y loco en un hospital psiquiátrico de la Toscana o la Proveza, torturado por sus sueños de vigilia. Nuestro tiempo es una época para las novelas y la narrativa breve, pero sobretodo para las novelas. ¿Usted lee mucho? Nos gusta leer otras vidas posibles, píldoras de fantasía para unas vidas, las nuestras, tan alejados de las expectativas que nos habíamos creado. No, no me esto poniendo trágico. Es un momento de clarividencia. Novelas que terminan y nos invitan a comprar otra. La narrativa es definitivamente más adecuada que la poesía para mercadear con ella, aunque no deje de ser de tanto en cuanto una estupenda obra de arte. La literatura contemporánea nos ha ofrecido algunas joyas en novelas que rompen las reglas, tal vez más tarde que la poesía, pero con más continuidad que la contestataria rabieta de unos chiflados que llevó a ninguna parte a las vanguardias poéticas. El arte está en crisis, pero la poesía, oiga, no es el único arte que nuestro mundo puede crear. De hecho, hay otros lenguajes para expresar mejor nuestros sentimientos, nuestras angustias, nuestra visión de la vida mejor que la poesía. ¡NO, no me estoy poniendo demasiado serio! Es que los pedantes rellenos de serrín me ponen de los nervios.

La poesía murió en algún café forrado de madera, lleno de gentuza fumando cigarrillos sin filtro en alguna esquina de París. La poesía murió como aquellos cafés donde hombres vestidos con prendas oscuras con sus cuadernos y sus plumas compartían charlas metafísicas mientras fumaban y bebían hasta la madrugada (drogas de postre). Fumar no está permitido en este bar, beber solo esta permitido si no conduces, las drogas se venden en la esquina, pero hay que tomarlas a escondidas, no queremos problemas. La poesía se consume, si no le importa, en alguna pequeña sala subterránea con hombres de otro tiempo viviendo en el nuestro. Casi como algo ilegal.





Destino

20 10 2008

Disculpe las reiteradas cancelaciones de nuestros encuentros. Ya sabe que con tanto cambio de tiempo, uno empieza a flaquear ante la evidencia del otoño. He estado bastante acatarrado, no me sentía con fuerzas. Vaya, que lo siento… fuerza mayor. Pero, oiga, vengo con noticias frescas.

El prolongado dolor por el mensaje de Laia, que cuida una iaia, y la irregularidad de mis sentimientos hacia el sexo femenino, no me ha hecho desviar el interés sobre el acontecimiento con Mr. Mystic. El otro día volví a La Central del Raval y estuve paseando arriba y abajo pensando qué podría ser lo que la pista aquella indicaba. ¿La recuerda? “Veo que todavía crees en la magia”. No se, no me pareció que hubiera una sección de trucos, así que después de muchas vueltas y de quedar totalmente en ridículo ante el mostrador de consultar bibliográficas tras preguntar si tenían sección de magia o algo así, me disponía a cruzar las puertas corredizas de cristal, cuando el chico me soltó un, como no quiera alguna obra de David Copperfield. Ah, pues tal vez sí. Este era ese que le copió el nombre a un personaje de Dickens y que se había casado con Claudia Shiffer. Pues, resulta que también tenía una biografía, o más bien un libro de sus experiencias por el mundo de la magia. Un volumen narcisista que seguro que había escrito un negro, no un afroamericano, sino ese escritor que escribe libros que aparecen firmados por otro, que resulta ser famoso. Pero dentro de los ejemplares de Tales of the Impossible del estante no había nada que me llamara la atención, a no ser que tuviera que comprar el libro y leerlo. La verdad es que no me apetecía, pero para resolver el misterio eso no podía ser descartado. También pensé en pedir más ejemplares, pero lo lógico es que si habían dejado algo dentro de un libro, fuera el que estaba ya en el espacio de venta—suponiendo que siguiera el mismo modus operandi.— Otra cosa que no había contemplado es que en los días que llevaba inactivo en mi búsqueda alguien, o sea el destinatario, hubiera encontrado la pista o un cualquiera hubiera comprado el libro y tirado la pista a la basura. En tal caso, estaríamos hablando de una catástrofe. No se imagina con que bochorno me fui al mostrador de consultas bibliográficas a preguntarle al chico si podía concederme la información de cuando fue vendido el último ejemplar. En casos de preguntas muy extrañas, lo mejor es soltarlo con normalidad, sin intentar justificarse. El tipo parpadeó dos veces, tecleó algo en el ordenador y concluyó con la noticia balsámica. No se habían movido las existencias desde hacía tres meses. Lo siguiente era preguntar quien habría comprado ese librejo en pleno verano… ¡Un raro!

Descartado el comprador furtivo, pues tenía la opción de leerme y subrayarme el libro, algo de lo que no tenía ganas, como he dicho. ¿Ya ha encontrado la clave? Ya se la he dicho. Es como eso de, por un caminito estrecho va caminando un bicho… ¡Creía que era más ágil de mente! Pues, resulta que antes ya había pensado en Dickens y a Dickens me fui. Lo que pasa es que si sólo había un título del mago, las posibilidades editoriales de Dickens eran bastantes más. Crucé los dedos y empecé a buscar por mi mismo. Ahí sí que tenía herramientas para manejarme con independencia. No parecía haber nada entre las ediciones en lengua vernácula de Oxford, Phoenix y Longman. Hay que destacar, sin embargo, que había una edición en inglés de Penguin por 4 euros, cosa casi milagrosa, vistos los precios de la literatura en lengua original que se venden en Barcelona. En las traducciones, el chico de información me dijo que tenían o habían tenido las ediciones de Espasa Calpe, Juventud, Destino, DeBolsillo, Alba y Proa, en catalán. La de Proa, agotada. Estuve merodeando entre los libros en castellano y… ¡bingo! Al lado de un tocho envuelto en plástico, el libro de Destino mostraba el leve pliegue de un uso reciente. Dentro de esta edición de David Copperfield había otra pieza de papel con unos códigos misteriosos:

DS414.2 .D357 1994
DS414.2 .D35 1999
DS413 .L6818 1931

¿Le dicen algo? Vaya, se nota que hace tiempo que no pasa por la facultad. Veremos que es lo que esconden estas referencias, que claramente responden al sistema de catalogación de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. ¿Sabe? En mi universidad lo empezaron a utilizar hace algunos años y no es difícil deducir que los libros están en algún lugar de la UPF, que es la coeditora del libro. Llámeme naif, pero está más claro que el agua. Y no me diga que a usted no le parece una aventura excitante, lo mismo pensará que está algo sobado esto de dejar pistitas por le mundo, pero le aseguro que cuando uno está metido dentro del juego, es muy excitante. ¿Juega?





Asociación Fin de la Línea

13 10 2008

Tal vez le parezca un poco obsesivo compulsivo que tras mi historia del reloj de la parada de Valldaura, vuelva sobre la línea verde del metro de Barcelona. Tal vez lo sea, se lo confieso. Pero, es que últimamente el devenir de esta línea me tiene angustiado. ¿Sabía usted que la línea verde fue la primera en entrar en funcionamiento en Barcelona? Le llamaban el Gran Metro y sólo iba de Lesseps a Catalunya, Liceu o algo así. Me acuerdo que hace algunos años, no muchos, celebramos el 75 aniversario, un festejo que pasó algo inadvertido, creo. Bueno, pues el Ayuntamiento y demás administraciones que tienen alg que decir sobre los transportes públicos de nuestra ciudad han decidido entrometerse en el lento envejecer de la anciana de las líneas metropolitanas. ¿Se ha fijado el montón de reformas que está sufriendo la pobre línea?

Debe ser que usted no coge mucho el metro, porque sino se habría fijado. Empezaron con la renovación de la estación de Liceu, donde han puesto unos interesantes murales otoñales. Las hojas de plátanos ficticios caen siempre verdes (porque la línea es la que es) sobre los andenes repletos de turistas y locales, mucho inmigrante como corresponde a una parada ubicada donde el Raval respira. No se creo que no me gusta, me alegro que TMB (Totos Movem Barcelona) se haya fijado en esta estación que va de septiembre a diciembre y que se caracteriza, donde hay árboles de hoja caduca, por la caída de las hojas. Pero, ¿era necesario castigar a los ciudadanos, confesémoslo, mayoritariamente amantes del verano, con un otoño a perpetuidad? Y, luego, ¿desde cuando las hojas caen verdes de los árboles? Con todo, ya le digo, comparada con el estado de abandono previo, los accesos antediluvianos y la suciedad reinante, Liceu ha ganado con este otoño iluminado por fluorescentes.

Otra cosa bien distinta es lo que ocurre en Drassanes. A falta de los remates decorativos, la reforma parece bastante cutre. Estan recubriéndolo todo de una materia blanca extraña. Los bancos que ahora ocupan todo el recorrido de los andenes es de este mismo material y empieza a desconcharse. Tal vez falte el elemento que los convierta en permanentes, pero ahora mismo, parece más el resultado de un fracasado intento postmoderno que un lugar confortable para esperar el próximo tren, que visto como funciona el metro de Barcelona, a veces puede resultar un misterio.

También están sufriendo reformas el transbordo de Diagonal con la línea azul, muy concurrido, y que ahora se debe realizar por el exterior. No se atreven con el de Passeig de Gràcia, creo que por lo mítico de aquel pasillo interminable de techos bajos en cuyas vigas se pueden leer mensajes de amor o de protesta y cuyos paneles laterales tienen a veces la suerte de quedar cubiertos por campañas publicitarias del Año del Modernismo o de ONO según el mejor postor. En el centro suele haber un músico tocando en directo, allí donde el Ayuntamiento a puesto aquel simbolito de Músics al Metro. Cuando hay suerte, el tipo se merece las monedas. Sino, vas caminando por el interminable pasillo con la reverberación de su diabólico sonido en las profundidades del tímpano.

Pero, para que ocultarla la realidad. Lo que más me preocupa es un hecho sobre el que no he conseguido aglutinar ninguna simpatía ajena. ¡Han prolongado la línea dos paradas más! Todo el mundo se felicita porque después de 5 años haya alguna estación más… pero no se engañe. Las susodichas estaciones ya existían y tampoco es que vayan a mejorar sustancialmente la comunicación con el resto de la ciudad. Solo tienen una conexión más. Pero oiga, es que para satisfacer a cuatro vecinos que tomaran el metro de Roquetes—a estos solo les han cambiado de color la estación—y Trinitat Vella perjudican a tantos otros que sufrimos el síndrome de la narcolepsia nocturna postalcohólica. ¿Sabe la de veces que me he dormido de vuelta a casa y he tenido que volverme desde Canyelles caminando porque era el último metro? ¿O he llegado al final de la línea y he tenido que coger el otro tren para volver a mi parada, Valldaura? Incluso una vez me pasé de Valldaura y me desperté en Gracia, volví a coger el otro tren y, esta vez sí, conseguí alcanzar con éxito mi parada. Lo sé, me dirá que es culpa mía… pero no se engañe, los afortunados que viven cerca del centro pueden mantener la atención durante unos minutos para evitar el síndrome de la narcolepsia nocturna postalcohólica. Sin embargo, los que vivimos a más de 15 minutos, sucumbimos sin remedio al sueño y en muchas ocasiones nos despertamos en el extremo último de la línea. Si usted lo frecuentara, vería que se forman corrillos de gente adormilada que ha sufrido el mismo efecto y que charla desenfadada para pasar la angustia con la mínima ídem posible, aunque con algo de vergüenza. En Canyelles incluso habían nacido parejitas que después de no haberse comido un rosco, encontraban una extraña coincidencia en aquel traspié y salían juntos a desayunar antes de acostarse, cada uno en su casa o ambos en la de uno. Nunca se sabe…

No hay derecho, el Ayuntamiento está haciendo desaparecer los mitos de la noche barcelonesa. Amigos del corrillo de Canyelles, os comprendo y si queréis podemos fundar una ONG o una Asociación de Agravados os algo así, para ver si con los fondos de las administraciones públicas podemos alquilar un localito en Trinitat Nova como nuevo lugar de encuentro. Y si sobra algo, ¡podemos comprar unas birrillas!





Pasen y vean

9 10 2008

Hoy vengo de mala leche. Supongo que no ayuda que no haya conseguido sacar en claro nada sobre aquella postal que encontré en la librería de la calle Princesa. He aprovechado la mañana para pasearme por La Central del Raval y no he encontrada nada que me pareciera indicativo de nada. He echado un vistazo a las guías de viaje de Marruecos, un par de preciosos libros de fotografía de los jardines de Marrakech y de sus mercados, cocina magrebí… Todo con glamour, ya sabe que es una librería fetiche. No puedes parecer desinteresado en los libros que ojeas. Así que me he pasado un buen rato para nada. Lo mismo tendría que olvidarlo. De momento lo he dejado en stand by y me he ido a una cafetería que es donde una persona triste debe pasarse la mañana. Si puede ser una con gran ventanal para poder observar lo que pasa en la calle, con melancolía o envidia. ¿Usted a cual va cuando anda por el centro? A mi me gusta especialmente el Café Central, que queda en la encrucijada de Tallers con una callejuela que da a Pelai, Ramalleres. La verdad es que no es muy grande, la clientela es menos intelectual de lo que la fachada podría anunciar y, pese a que los bocadillos están buenos, no es un lugar barato. Simplemente, un lugar. De todos modos debe de ser bastante viejo. ¿Ha estado?¿No sabe qué? He conseguido mi mesa con vistas a la calle, con los mares de gente que pasean por la ciudad en días laborables a tocar de mi mano. No se si ellos parecían estar en una película o yo encerrado en una pecera, pero se me ha sugerido muy adecuado para este día dudoso. He dejado que el conversar de las mujeres de la barra llenara el ambiente, en lugar de optar por el típico y más juvenil aislamiento del iPod y he cogido el diario. Hoy toca la Vanguardia. Ya sé que los progres leen El País, pero no le engañaré: tiene mucha letra. A mi me interesa saber un poco de aquí y un poco de allá, leer El País es casi dejarse la mañana ante las hojas grisáceas. Si quiere, lo hago por el prójimo, para no acaparar el recurso público que supone el periódico en los bares bohemios. La Vanguardia, con todo, es un diario de contenidos, un poco conservador, sólo lo justo para que un lector experto sepa reinterpretar algunas informaciones. Eso se llama media literacy o conocimiento del medio. ¡Noooooooooo! Criterio, en lo que a medios de comunicación se refiere. Yo lo tengo. ¿Y usted?
Total que iba por la página tres y se ha sentado enfrente una chiquilla de estas que llevan los pantalones de cintura baja. ¿Nadie les ha dicho a estas chiquillas que sus carnes por encima de la apretada cintura del pantalón son bastante desagradables? A veces, incluso parece que sobresalen trozos amoratados, como si el pantalón les cortara la circulación. Me pregunto si habrán leído en alguna revista tipo Superpop o Vale que es un nuevo método para adelgazar. Si es así, habría que denunciar a las susodichas revistas por atentar contra el buen gusto y contra la salud pública. Pero esta joven, que tenía rasgos y acento latinoamericano, aunque no le sabría precisar de donde, iba sola y se ha sentado a fumar con su plumón torero y sus pantalones bajos. Antes las niñas se deleitaban en enseñar el tanguita, que no es algo con lo que esté yo muy de acuerdo, pero bueno. Pero es que esta chica enseñaba, bueno, ya sabe, la ranurita, la hucha, la juntura de las nalgas… no se como decírselo. El culo. Enseñaba el culo. Y eso, en un lugar público donde se desayuna es un espectáculo morboso e incluso indecente, excepto para alguna clientela sexagenaria… claro.

¿Hasta ahí ha llegado la indecencia de la juventud? ¿Irá a más? Ya sé que estoy hablando como un carcamal, pero ¡entiéndame! La moda de enseñar la goma de los calzoncillos ha ido evolucionando a enseñar la tirilla del tanga o parte de las bragas, a bajarse los pantalones hasta que unos boxers de estampados horrendos quedan a la vista y a enseñar rajas del culo, y le pido disculpas por el vocabulario. ¿Me entiende? ¿Seguirá la juventud bajándose las prendas hasta los tobillos para parecer todos pingüinos? Es una pregunta no exenta de demagogia, pero al paso que vamos, no me extrañaría. En buena lógica, la moda que es bastante pendular, hubiera evolucionado de la cintura baja a los tiros bien altos, rollo Steve Urqel. Así ha sucedido con la campana que lentamente ha dejado paso a los tejanos de pitillo y a los que sucederán inexorablemente los acampanados dentro de algunos años. Pero con la cintura no ha pasado, han ido bajando y bajando, y hay seres prepúberes que ya se los colocan por las rodillas. A mi, la verdad, que se vistan como quieran, pero, ¿entiéndame? La visión de esta chica, sabe, me ha desconcentrado. No podía dejar de fijarme en el mojón que suponía aquella raja en medio de los pantalones que estaban casi totalmente en contacto con el acolchado de las sillas. La chiquita, por otra parte, no hacía más que esperar a alguien que llegaba tarde, o sea que tampoco hay que demonizarla.

Entre párrafo y párrafo, no podía dejar de echar un vistazo para ver si todo seguía allí, en la misma posición—efectivamente, todo seguía allí—y en cuanto se ha levantado me he dado un respiro. Se marcha, podré leer. En efecto, la susodicha se ha subido los tejanos dejando bastante a la vista lo que los americanos llaman camel toe y que no voy a describirle aquí, aunque ha conseguido volver a cubrir la delicada parte posterior. En definitiva, los pantalones que llevaba no estaban hechos para ella, o eran una talla menos de lo que necesitaba. He vuelto al diario, bastante turbado por toda la escena y ¿a qué no sabe qué? En la sección Vivir he descubierto una noticia que ha terminado por revolverme el día. ¿Se lo digo así? ¿Sin analgésicos? Un experto japonés afirma que vuelven las náuticas.

 

 





Un mal día lo tiene cualquiera

5 10 2008

 

Sabe uno de esos días en los que se levanta y sabe que no debería haber puesto el pie en el suelo. La gente lo llama levantarse con el pie izquierdo, yo lo llamo empecinarse en el error. Esta mañana me he levantado, he mirado por la ventana del baño y he pensado que iba a hacer sol, a pesar que el tiempo había anunciado tormentas incesantes sobre Barcelona. Así que me he puesto un modelito más bien veraniego, con unas sandalias que me conjuntaban muy bien, pero que tienen la problemática de ser extremadamente incómodas y poco prácticas cuando hay que andar. Teniendo en cuenta que debía pasarme por un par de tiendas del centro, separadas por una considerable distancia a pie, estas sandalias solo cogidas por el dedo gordo del pie no parecían la mejor opción. Me he tirado al agua, igualmente. ¿Le ha sucedido eso alguna vez? Sales de casa con aquella camiseta que sabes que no te pega con los tejanos y te hace sentir incómodo, o como era el caso de hoy, con una camiseta que al poco de llevarla empieza a soltar un incomprensible olor a humedad, se haya sudado o no. Así que iba yo con las chanclas incómodas para andar, la camiseta perfumada de humedad y una bolsa demasiado cargada para lo que tenía que hacer. He salido de casa preguntándome porque estaba haciendo eso. ¡Aún me lo pregunto!He caminado las cuatro calles que separan mi casa de la parada del metro y ¿a que no sabe qué? Por una vez en la vida he atrapado el metro que justo llegaba. En la parada de metro de Valldaura se produce un misterio que ha sido estudiado largo y tendido por expertos de la NASA y de otros institutos científicos de los buenos—y de ciencias ocultas.—El reloj que anuncia la llegada del próximo tren siempre, y quiero recalcar el siempre, se sitúa levemente por encima o por debajo de un minuto. No importa que el metro se acabe de marchar, la pantalla siempre anuncia el próximo en 50 segundos, aprox. Así que uno se sienta en el banco o ni se sienta porque prevé la llegada inminente del convoy cuando si se fija en el marcador electrónico cada vez que el reloj osa acercarse a los 40 segundos, este salta abruptamente al minuto y pico y así una y otra vez. De manera, que el viajero pardillo que no esta acostumbrado a la triquiñuela del contador, se queda de pie impacientándose por momentos. Si algún día visita esta estación, le recomiendo que tome asiento y se automedique con paciencia. A veces el próximo metro llega tras más de diez minutos de espera, en día laborable y hora punta. Algunas veces he pensado en situar allí algún tipo de cuento de ciencia ficción sobre un lugar donde no pasa el tiempo y los pasajeros envejecen y mueren sin dolor o algo así. Tengo que pensar en ello, como ve es una idea que no tengo muy madura.

Total, que bajaba las primeras escaleras y he oído que llegaba. He pasado el abono y he bajado a toda prisa las escaleras mecánicas para llegar a la primera puerta del primer vagón. Justo cuando la alcanzaba me he pegado un resbalón y he caído con todo el peso de la ley sobre el mármol brillante ante la mirada estupefacta de algunos pasajeros y las risas contenidas de la conductora que miraba por el retrovisor. Así que ha hecho sonar la bocina que anuncia que se cierran las puertas y, sin pensarlo, me he medio arrastrado hasta el interior del vagón. Ha sido una escena bastante patética. Si hubiera tenido un poco de inteligencia emocional, tal vez abría ido hacia el banco y habría esperado al próximo tren, llegara cuando llegara, porque en las varias estaciones que me separaban de mi destino he sido el centro de atención de los pasajeros que allí habían. Para más INRI el tren no era de esos que están todos abiertos y puedes ir al último vagón. La peor suerte que se puede tener.

He salido en el centro ya un poco recuperado de mi descalabro. Justo repuntaba las últimas escaleras hacia la luz del día y me he dado cuenta que iba a caer un chaparrón de dimensiones insospechadas. El viento ha soplado un par de veces y se ha puesto a llover a cántaros. Las sandalias ansiosas por resbalar no ayudaban a alcanzar el punto y final de mi camino, así que a parte de calarme los pies y empezar a estornudar, tenía que ir con pies de plomo para no patinarme de nuevo. La camiseta que tiende a oler a humedad se ha humedecido y ha empezado a oler de motu propio. He llegado a la tienda y ya notaba mi mal olor no corporal sino textil y he empezado a desesperar. El dependiente también lo ha notado porque no ha mencionado que me estaba comprando los calcetines de la colección Liberad a Willy y que tenían otros complementos para mi satisfacción personal y beneficio de su empresa. En cambio, si se lo ha dicho al tío de detrás de mí, que era tan claramente bisexual como lo podría ser yo. A mi, me ha parecido una manera de ligar un poco mala, pero teniendo en cuenta que con el recibo de la tarjeta de crédito tienen el nombre completo, igual el cliente se encuentra un día una llamadita al fijo diciéndole que le regalan los calzoncillos boxer de Liberad a Willy si va a tal dirección… A mi no me pasan esas cosas y menos con el día que llevo.

De vuelta al metro he resbalado por las escaleras, pa’ haberme matao. Esta vez más que ridículo ha sido peligroso. Me he caído medio rodando un rellano de escaleras del metro de Passeig de Gracia. Creo que me van a salir algunos morados. ¡Pa’ haberme matao! Ahí me han visto algunas personas, que debo decir que me han intentado ayudar. La cosa parecía más grave que en el primer resbalón del día. Y ya le avanzo que no ha habido más caídas en el transporte público. Se me ha manchado la ropa que me había comprado, con lo que me gusta a mi estrenar con aquel apresto que tienen las prendas recién compradas. ¿Se ha fijado que una camiseta o una camisa recién comprada tiende a no coger el olor corporal la primera vez que te la pones? Es una concesión que hace Zara y otras marcas a sus clientes. Luego, el día que sudas, se atufa toda y tienes que lavarla, aunque solo te la hayas puesto dos horas. Pero el primer día no, el primer día te lo perdonan.

De vuelta a casa, me he puesto algunas de las canciones que me animan en los días malos, como el de hoy. Últimamente me recarga de energía una canción de Edith Piaf. Luego se la pongo. Se llama Milord y me hace imaginar los felices años veinte. ¿Sabe? Total que iba escuchando el ritmo sincopado de la canción cuando dos niños en un patinete casi se estampan contra una farola. Me he girado inmediatamente ante lo inminente del topetazo, pero la han esquivado magistralmente. Pero con el despiste, no me he dado cuenta que habían molestado a un grupo de palomas que estaban campando por la acera. Cuando he vuelto la vista al frente, una paloma, en le frenesí de la huída se ha estampado en mi cara. El momento ha resultado bastante desagradable, no tanto por el impacto, como por la fama de ratas del aire que tienen estos bichejos. He terminado con una pluma en la boca, la moral por el suelo… y ¿a que no se imagina? Me he puesto Edith Piaf para intentar reengancharme con la vida y se ha terminado la batería del reproductor. Realmente hoy no era mi día. He llegado a casa, me he puesto un pijamita de ovejas y me he tumbado en el sofá a ver películas tristes que me hicieran llorar. ¡No había para menos!





Intelectuales 2.0

2 10 2008

Hace días le conté como ir a comprar libros. ¿Se acuerda? Luego, a propósito de Laia, de fatídica recordación, hablamos de las sesiones y como elegir. Ahora se lo digo como persona culta. El cine es, a día de hoy, una parte esencial de la figura de un intelectual. De todos modos, es mucho más moderno y entretenido confesarse cinéfilo que bibliófilo. Además, se puede ser cinéfilo pasivo, ir a la sala y dejarse bombardear por la historia. Así, directamente, sin paliativos. Y salir sin haber aprendido nada, sin haber cambiado lo más mínimo. Es difícil ser lector pasivo, porque al final siempre tiene uno que decidir coger el libro y dedicarle un buen rato a la lectura. Si el argumento no convence, ¿quién persevera en las páginas del libro? Usted tal vez aguante cien páginas. Yo acostumbro a permitir que me aburran el 50% del libro, si a la mitad no me ha interesado, lo siento por el autor. Seguro que tuvo muy buena intención con su relato, pero ha fracasado conmigo. Eso es lo bueno del arte, que puede convencer a unos y disgustar a otros sin grandes complicaciones.

Como le decía, en el cine puede ser usted un espectador activo o pasivo. ¿Esto le gustará tal vez a mis lectores japoneses gays? No sé, no había pensado en eso. Un espectador activo no es el que se pasa el rato comentando, mandando mensajes de texto, comiendo palomitas y sorbiendo ruidosamente su coca-cola tamaño gigante. Un espectador activo visiona con atención devota la obra de arte y considera sacrílega la actitud del individuo descrito anteriormente. Por suerte, las películas de arte y ensayo suelen proyectarse en salas donde las palomitas brillan por su ausencia. Adore siempre la conveniencia de los horarios y la programación de los Cines Verdi, meca de los largometrajes VOSE—versión original subtitulada en español.— Cuando nadie le vea y si la programación se lo permite vaya a los Icaria Yelmo Cineplex que tienen mejores precios, y palomitas, regaliz roja e incluso Magnum almendrado, aunque no tienen el caché de los primeros. Entre uno y otro quedan los Renoir Floridablanca y Les Corts que ofrecen una buena programación, con mejores salas que los Verdi, pero que por los azares de la vida han quedado a la sombra de los de Gracia. Y si no hay más remedio, o no le apetece estrujarse las neuronas leyendo subtítulos de una película iraní, pues dese una indulgencia con una sesión en un cine doblado, que también tiene derecho. Yo tuve mi etapa freak, en que sólo veía pelis subtituladas, pero dado la escasez de la oferta y los precios de las proyecciones de cine, voy donde puedo, cuando puedo, a pesar de la calidad del cine subtitulado y de la programación de los Verdi.

Lo bueno que tiene el cine es que permite ver algo comercial, de calidad, y que la gente no le tache a uno de basura intelectual. El cine es el único arte para el cual es lícito ser comercial. Si gusta demasiado al público, primero hay que ver a qué público. Si es a la frutera, la carnicera y la panadera, hay que evitar ir a verla o ir y no decirlo o ir y criticar con dureza el largometraje. ¿Sabe? Siempre se puede argüir eso de que no se puede criticar lo que no se ha visto. Es una técnica muy socorrida si usted se ha concedido una tarde con Mamma mia, una pésima elección, si debo serle sincero. Evidentemente, la he visto. En verano, cuesta encontrar una oferta atractiva en el cine. La mayoría de salas programan basuras incomibles o estrenos de verano con salmonelosis. No entiendo porque se decide que en los meses en que la gente está de vacaciones no se pueden sacar buenos títulos al mercado. Con suerte, usted vivirá cerca de algún cine donde se dignan a programar reposiciones en verano. Es la única forma de salvar la temporada. Siempre es mejor revisitar una película polaca, que tragarse Los albóndigas en remojo remasterizado y con Dolby Surround.

Le decía que Mamma Mía es una opción pésima. ¿No está de acuerdo? Mire, le sintetizo. Han elegido a actores de talla considerable—en muchos sentidos.—Hay que ver lo penosa que es la figura de Pierce Brosnan y Collin Firth en bañador. El mensaje es claro: todos terminaremos igual, aunque hayamos sido sex symbols de la gran pantalla. Hay algo por encima de los trajes de baño de los tres intérpretes masculinos que lo elegante y atractivo de los protagonistas nunca haría pensar. ¡Unos bartolos horrendos! Tampoco, Meryl Streep, una diva de la pantalla, luce una figura muy enseñable. Esta mujer que había sido mi icono cinematográfico se ha atrevido a ridiculizarse tanto a sí misma, que si yo fuera productor de Hollywood no la contrataría. Y si fuera un director de culto… simplemente intentaría hacerle vudú. Mi película favorita, Memorias de África, donde realiza una interpretación magistral, ha quedado manchada. ¿Un poco larga? Yo la encontré exacta, perfecta. Pero volvamos a la de ahora. ¿Por qué debían ponerse a cantar las canciones anticuadas de ABBA, que están metidas en el argumento con calzador, acompañados de un conjunto de bailarines vistosos pero que no llenan los decorados y un grupo de viejitos griegos que dan una imagen patética de la cuna de la civilización europea? Observe que los griegos aparecen de comparsita, excepto el gay que sale al final, pero no abre la boca, y no le digo con quien acaba, por si algún lector aún no la ha visto—a estas alturas ya debo tener algún lector cautivo.—Una vergüenza para Grecia, un bochorno para actores consagrados, una pena para el cine musical. Y que no me digan que es un divertimento, porque no me lo trago. Como diría Fernando Fernán Gómez: una mierda.

Por cierto, si tiene tiempo le recomiendo las sesiones de cine y desayuno de los cines Alexandra. Café, croissant y reposición. Una mañana perfecta.