Se lo dije… era una señal.

19 09 2008

Hace una semana que volví de Marruecos. ¡Qué rápido pasa el tiempo! Se lo digo doblemente. El otro día me quedé sin contarle el final de la historia. ¿Sabe cómo terminamos el viaje? Cogimos un autobús del erg a Marrakech para pasar los últimos dos días. Pronuncie conmigo MA-RA-KECH. Ya sé como lo dice la gente, pero no les haga caso. Cuando uno visita un lugar algo exótico tiene que fijarse muy bien en como lo pronuncian los locales, para que suene más verídico. Los marroquíes dicen “ma” con una “a” muy breve, un “ra” con una “r” muy fuerte y una “a” larga y poderosa, casi gutural y luego un “kech” seco y terminando bruscamente en una “che”, nada de arrastrar la “sh” feminizándola. Es un nombre con energía. Repita conmigo. MARRAKECH. Con garra ¡Muy bien!

Total, que subimos al autobús y nos sentamos en los primeros asientos que encontramos libres, bastante cerca del conductor que siempre implica soportar la redundante música de su radio, pero bueno, así lo quisimos. Lo peor no fue la posición, sino la duración del trayecto y la calidad del vehículo. El autobús se estropeó nada menos que en cuatro ocasiones. La primera a los 20 minutos de partir. Salía un humo extraño del morro que parecía solucionarse después de tirar agua sobre la mecánica hirviente. Con todo, el agua es algo que no abunda en el desierto y en un momento dado tuvieron que pedir a los pasajeros sus reservas hídricas. ¡Muy patético! Los ayudantes del conductor, que tienden a ser directamente proporcionales a los años que tiene el trasto, iban y venían, se discutían y gesticulaban con vehemencia. Alguna vez se hubiera incluso dicho que iban a pegarse. Seguro que alguno había faltado a su obligación de revisar el motor. Cuatro veces nos tuvimos que bajar del autobús bajo el sol de justicia del desierto y los montes Atlas. Curva va, curva viene… el puerto de Tichka fue nuestra única parada con la mala pata que nos pilló en momento de oración y no nos pudieron servir más comida que lo que estaba ya cocinado: bocadillos de dudosa calidad, casi todos con mayonesa (???), y galletas y patatas. Todo el mundo acaparó lo que pudo y se lo comió en los kilómetros siguientes. Al poco, tuvimos la suerte de asistir a uno de las atracciones de feria más emocionantes que se pueden vivir en la actualidad. ¡Acierte a cerrarla! El pasaje, en un 95% autóctonos, vomitaba con soltura por las ventanillas, lo que te forzaba a no perder ojo para cerrar la tuya al más mínimo indicio de arcada. Curva va, curva viene… Frenazo. Arcada. ¡Mucha tensión!

Y un viaje que tenía que durar seis horas, que ya me parecían muchas, fue algo así como de 16. Creo que nos engañaron en la agencia de viajes donde compramos los billetes. Digo creo, por no decirlo con mucha asertividad. El lujo del vehículo debía ubicarse en los ventiladores individuales que no funcionaban, porque sino no me lo explico. ¿A quién se le ocurre poner asientos de lanilla en un autobús que conduce por el desierto? Me dejé una botella de agua, o sea de caldillo plastificado, en el respaldo. Los baches y vaivenes del autobús me recordaban demasiado al camello, y ya sabe la buena impresión que me había llevado del animalito. Para colmo, alguno de los pasajeros colaboraba a rememorar el safari con sonidos que indicaban la clara expulsión de gases. Además, el conductor tuvo la indecencia de ganarse un sobresueldo a base de hacer de taxi local cada vez que cruzábamos una ciudad. El tema llegó a ser tan escandaloso que vivimos una persecución de taxistas, que claro, defendían su negocio ante los desvíos y las paraditas del autobusero. Al final dos taxis nos cerraron el paso, el autobús se subió sobre la cera y como en las pelis saltaron un par de palos de señalización por los aires con el consiguiente susto de nosotros mismos, temerosos de una nueva avería del motor. Y luego se montó una mini tangana entre el conductor y su séquito y los taxistas que se pararon a ayudar a los compadres defensores de sus derechos que ni le cuento. Los marroquíes que habían vomitado profusamente ahora se asomaban a las ventanillas para seguir los acontecimientos. Pero al final los autobuseros cedieron y obligaron a bajar a los pasajeros locales, ante la inminente amenaza de llamar a la policía. Digo yo… ¿Hubo devolución de dinero? Esa sería una buena pregunta. Me sentí feliz por la resolución del conflicto de intereses. Al menos de ahora en adelante pararíamos menos. ¿No?

¿Y no se imagina qué? Justo llegamos a Marrakech, pasamos por una especie de estadio y ya me sentía llegando a mi merecido descanso cuando de golpe el conductor grita en árabe: “¡Todo el mundo al suelo!”—eso es lo que supongo yo, visto lo que pasó a posteriori— ¿Un atraco? No me pega en este escenario. ¿Una bomba? Musulmanes buenos, musulmanes buenos… no me lo puedo creer, iba a morir en Marruecos a manos de un comando de Al Qaeda. Mi madre nunca me lo perdonaría… morir así, digo. Y no, unas piedras de palmo empezaron a cruzar los cristales de la parte derecha. Los añicos caían sobre nuestras cabezas, mientras la gente se cubría con cojines. Mis compañeros y yo, que sólo oíamos la quebradiza de cristales seguíamos pensando en cócteles molotov hasta que un pedrusco me dio en la espalda. Me voy a quedar inválido también… no puedo creerlo. El pum, pum, siguió durante unos segundos que me parecieron larguísimos. El último proyectil rompió la ventada posterior, la gente empezó a levantarse del suelo, sacudiéndose los trocitos de cristal de la ropa y el pelo. ¿Por qué? No se lo creerá, el FC Marrakech acababa de perder la Copa del Rey. Aquí donde me ve, me había meado encima.

P.S. ¿La ciudad? Sí, sí… muy bonita. Se la recomiendo.





Camel safari

16 09 2008

¿Vio mi blog? Le colgué allí una foto del viaje para que no perdiera el contacto conmigo en estos cinco días. Bueno, que lo sepa, a partir de ahora, no voy a dejarle desinformado por tanto tiempo. Tiene que hacer un esfuerzo usted también.

Querría constatar que a pesar de todo lo malo que pueda salir a relucir en los próximos minutos mi encuentro con las dunas fue totalmente fascinante. ¿Sabe? Había estado esperando una escapada al desierto durante años. Me parece un lugar de lo más interesante, un espacio liminal entre el ser y el no ser, donde la supervivencia se pone a prueba—claro, no a los turistas, nosotros sobrevivimos fácilmente con un lujo considerable para el lugar.— Directamente desde Marrakech fuimos a este rincón del Sahara, con un Hyunday Athos. Sólo de ida, para volver del hotelito de las dunas a su destino original el cliente se las apaña… “¡existen autobuses!”, dijeron los malvados intermediarios. De todos modos, ¿no le parece un Athos un vehículo algo básico para adentrarse en los arenales del desierto? A mí, también. La verdad es que nos conducía un marroquí bonachón, que no tuvo ningún problema para guiarse en medio de la nada. Por momentos yo pensé que embarrancábamos y que teníamos que empujar bajo un sol de justicia o peor, ponernos a cavar bajo las ruedas, mientras estas giraban resbalando sobre el polvo, haciendo más profundo el hoyo en que se habían hundido. El agua se había convertido en un caldillo desagradable y no esperaba mucho más confort en los próximos días. Los viajes, mi señor, hay que sufrirlos un poco para poder decir que se ha vivido algo emocionante. Pues, después de conducir por la nada durante un buen rato, la carretera muy atrás y la arena cada vez formando una nube mayor de polvo tras nuestro, llegamos a una edificación muy digna a pie de duna. No había ni una sombra, eso sí. Los camellos estaban tumbados a pie de las primeras ondulaciones y nada más llegar casi nos suben al camello y nos echan del lugar. Menos mal que un tal Musta nos advirtió que deberíamos comprar agua helada para que se convirtiera en caldo plastificado, pero que al menos nos salvaría de la deshidratación. Subimos al camello y nos dirigimos hacia el Erg Chabbi, en caravana como los comerciantes transaharianos. ¡Que emoción!

La verdad es que a los demás no les debía parecer tan emocionante. Con nosotros viajaba un camellero que se presentó como Said, de familia berebere, y en la expedición tres guiris. Uno era un merluzo con ascendencia asiática que se puso el mp3, para no oírnos. ¡Cómo se puede ser tan antisocial! Desde luego… Los otros dos eran un par de alemanes vestidos con harapos, algo bastante común entre el hippismo mundial cuando viaja a lo que consideran el Tercer Mundo, y que a parte de su gran amor, que debían demostrarse en la intimidad, porque en el tete a tete estaban más bien distantes, no articularon palabra. Vaya, que la cosa se iba a convertir en un festín del grupito español que iba a hacerles pasar un mal rato a los guiris de turno, harapientos o no.

Déjeme decirle algo. El camello no tiene nada de romántico. Huele mal, se tira pedos, se mea sobre sus patas, eructa y demás cosas que entre los humanos son consideradas de muy mal gusto. Puedo llegar a comprender que es un animal y no se rige por las mismas reglas de buena educación que nosotros, pero sabe, aún y así no me gusta que un animal se explaye a sus anchas cuando yo voy montado encima. La verdad es que después del viajecito vi al camello con muy poca estima. Además, se bambolea todo el rato, así que no se puede uno relajar ni un momento porque podría perder el equilibrio y pegarse una leche monumental, porque el camello va muy, pero que muy, arriba. Nada que ver con el caballo. Cuando pasa de la posición arrodillada a la posición en pie, es como si te montaran en lo alto de una atalaya que se balancea. ¡Algo terrible! Y con una anchura del costillar que debe reproducirse en tu apertura de piernas. No se si le he comentado algún día que mi flexibilidad brilla por su ausencia y que los tendones de mis ingles son casi de cemento. La postura se me quedó tan fijada después de 4 horas que luego no podía volver a juntar las piernas. ¡Un horror! Súmelo todo, el dolor, los inefables sonidos corporales del animal, el agua caldillo, el sol pegándonos de lleno lo que te obliga a llevar unas pintas deplorables que incluyen pañuelo en la cabeza, las gafas de sol graduadas que te hiciste después de la primera comunión y algo de ropa que no tengas en mucha estima, por si acaso… No le mostraré las fotos para que no se asuste, pero si hubiera aparecido en aquella duna el hombre o la mujer de mi vida, habría huido corriendo, aunque yo hubiera sido el único compañero que le quedara en este mundo. Así me sentía… ¿se da cuenta?

La noche fue discreta. Brillaba la luna llena, la peor situación para ver las estrellas en su máximo esplendor. Así que nos olvidamos de la Vía Láctea y aceptamos la invitación del camellero Said, que no cantaba canciones tradicionales y del desierto sabía lo justo, para ir a pasear por las dunas. Recuerde que en el campamento dejamos al besugo inglés y la pareja de antisociales alemanes. Al menos el chico berebere tuvo una iniciativa interesante. Caminar de noche sobre la arena era algo relajante, aunque tuvimos que aguantar la historia de su familia y la dura vida del desierto, algo que deben contar a todos los turistas, parte del pack. ¿Vaya usted a saber cuanto es cierto y cuanto se lo inventan? Hoy en día para agradar a un turista se hace más de lo lícito, se lo digo yo. A la vuelta, los moluscos se habían escondido en sus caparazones. Nos dormimos bajo las pocas estrellas, preparados por si bajaba la temperatura. Pero no bajó… la gente exagera en eso de la inversión térmica del desierto. Y nos habían preparado unas camas muy estupendas el camellero y sus ayudantes, que no habían venido con nosotros, así que supongo que estaban allí en el campamento viviendo… Unos chavalines ¡Horror!

Si la noche fue regular, el amanecer fue espectacular. A no ser por lo patético de tener que trepar a la gran duna a las 5 de la madrugada y llegar a lo alto sudoroso y empanado como una croqueta, con arenilla en los recovecos de las orejas que no iría en los próximos días. De corazón se lo digo, tuve que trepar a cuatro patas para superar el cansancio y lo pronunciado de la pendiente mientras los surcos formaban cataratas de arena. En lo alto Pescado Hervido y la pareja silenciosa ya sacaban sus equipos fotográficos para inmortalizar el instante y bajar corriendo a desayunar.—consejo: nunca saque su cámara que le ha costado un dineral en un contexto lleno de polvo que potencialmente puede destruir la mecánica de su aparato.— En efecto, subieron los primeros y bajaron los primeros… ¡qué prisas! No entiendo esta pasión de la gente por tomar instantáneas a cientos de cada cosa que experimentan. Creo que ninguno se paró a observar lo hermoso del instante, sólo intentaron tener el recuerdo. Sabe, tengo la teoría que las fotografías innecesarias terminaran por erosionar los colores de la realidad. Un día le contaré esta teoría… la tengo bastante desarrollada. Yo sólo hice una, la que le colgué en el post anterior, publicada desde el desierto. En casa del camellero había Internet… ¿se imagina? Por eso le digo que no sé hasta donde creerme la historia de miseria y dureza que me contó el tal Said. Igual debajo de la casita de adobe tenían un búnker con griferías doradas. Desde luego, establo para camellos no tenía.





El Sahara sin estrellas

13 09 2008

Amanecer desde la gran duna





Mr. Mystic

10 09 2008

Después de los últimos encuentros caracterizados por el relatorio sexual, tengo que decirle que me he propuesto cambiar de tema. Sólo déjeme decir que llevo una semana de intercambio de SMS con Laia, que cuidaba una iaia. Parece que podría cambiar de trabajo… espero que mantenga la rima. Laia, vende cobayas. Laia, vigilante de la playa. Laia, se viste de abeja maya. Laia, recoge metralla… se me ocurren muchas. Pero, sigamos. La comunicación es fluida, aunque no ha llegado al nivel necesario para adentrarnos en la ardua tarea de iniciar conversaciones telefónicas. Va despacio… déjeme hacer.

Pero, oiga, estoy contento. Hoy he vuelto a realizar una incursión intelectual de esas que me gustan a mi. Se ha fijado alguna vez en la librería de la calle Princesa. Creo que es la única. Sobresale levemente de la línea de fachadas, con un avancé muy vintage. Se habrá fijado seguro porque los títulos del escaparate suelen ser bastante peculiares: el Dalai Lama, Hildegarda de Bingen, el Maestro Eckhart, el I Ching, vaya, una freakada sin precedentes en las artes del misticismo y las religiones. También tengo que reconocer que hay bastante literatura de ficción sobre estos fenómenos y best sellers de corte historicista y parapsicológico. El hombre que regenta el negocio es un personaje particular. Incluso le diría que da un poco de miedo. Entre Freud y alguien que ahora mismo no me viene a la cabeza. Tal vez con más pelo que Freud. Un señor mayor que conoce el catálogo de su librería como la palma de su mano. Pídale lo que quiera, se lo da en un momento. No es un buen lugar para pasarse un rato ojeando, ya que el espacio es pequeño y Mr. Mystic, llamémosle así, está presente en el deambular y si no inquiere con la voz lo hace con la mirada. Por suerte, conmigo entraron una pareja de hippies que buscaban títulos de literatura new age y algo sobre budismo tántrico. Ahí Mr. Mystic demostró que dominaba el tema y que el escaparate no era más que un anuncio de su sabiduría. Total, que mientras les relataba los fundamentos del tantrismo, que quedaban algo lejos de lo que los chicos buscaban—yo me decanto más por prácticas sexuales de satisfacción extraordinaria para los participantes, a pesar de que no puedo confirmarlo porque no lo mencionaron; tampoco compraron nada.— yo me paseé a placer y pude fisgonear en los libros de un estante arrinconada dedicado a las artes eróticas. Entiéndame, del amor, no del sexo. Es que ya sabe que me estoy intercambiando misivas electrónicas con una diosa potencial de mi devoción. Sabía usted que hay dos libros con el título El arte de amar. Está el de Ovidio con sus mitos, para hacerle justicia Ars Amandis, que ya había consultado en mi adolescencia. Pero luego está el de Erich Fromm y este yo no lo conocía—mire a veces es mejor reconocer llanamente que no conoce a tal autor que pretender que sí, y hacer el ridículo— Así que me dispuse a ver como desarrollaba el tema en cuestión, por si me apetecía comprarlo y leerlo y aprender algo. ¿Y a qué no sabe qué? Dentro había algo.

¿Esto le ha interesado? ¡Ah! Me gusta, me gusta. Yo me sentí un poco como Amélie cuando le cayó el tapón de la colonia y se desencajó la baldosa del rodapiés y descubrió la caja antigua del niño con todos sus tesoros. ¿Se acuerda? Yo de más joven adulaba esta creación del cine de los últimos años y a Jean Pierre Jeunet, a pesar de que dirigió también Alien: Resurrection, que no es uno de mis referentes, como comprenderá. Aunque ahora, ya más mayorcito, me siento un poco alejado de esa visión romantizada de Amélie y de París. Le debo, entre muchos otros, el relato de mis días en París, ¿vale? Ya ha tenido unos segundos para pensar. Ahora usted habrá llegado a la conclusión de que lo que había dentro formaba parte de la publicidad del libro, algo que la editorial incluía como bonus track. Pues… lo que había era una postal. Y no creo que viniera de serie, ya que por detrás había letra manuscrita—hoy en día se manuscribe poco, habría que obligar a manuscribir un cierto número de postales y cartas al año a cada ciudadano respetable, eso sería una medida educativa y sostenible, ¿no le parece?— Total, que me encontré la postal que era de Marrakech. De un precioso mercado de especias en el zoco de Marrakech, cerca de Jama’al Fna. Los colores estaban algo roídos, pero no por el paso del tiempo. Era una compra reciente que imitaba la erosión del tiempo para darle un aire romántico. Sin duda, alguien se había tomado muchas molestias. Por detrás en una bonita letra, que yo otorgaría a una chica por lo pulida y redondeada, en un azul que recordaba a los bolis Sierra que utilizaba en la infancia—¿nunca se fijó en que los Bic y los Staedtler tenían un tono muy distinto de los Sierra? Yo era Sierra— ponía: “Veo que todavía crees en la magia. La Central del Raval”. Puedo afirmar dos cosas: el autor tenía buen gusto con las librerías y era algo críptico. Definitivamente iba dirigida a alguien. Le trataba de tu, muy claramente. No me quedé con la postal, tenía otro destinatario, ¿no cree? Tal vez. ¡Crea un poco en el romanticismo!. ¡Crea!. ¡Crea!. ¡Crea!. Además me hubiera dado mucho bochorno que Mr. Mystic me pillara metiéndome la tarjeta en la bolsa, como si de un vulgar ladrón se tratara. Pero anoté el hecho en mi agenda. Pensaré sobre ello.

¿Sabe lo mejor? Yo lo interpreto como una señal. ¿Cree usted en las señales? No me lo diga, ¡no cree! Se le ve racionalista, ya le dije el otro día. Por eso le va Freud, porque intentó poner un poco de orden al subconsciente. Un científico de tomo y lomo. Pues resulta que me voy mañana a Marruecos. Nada importante, 5 días, una escapada al desierto. Algo que ha salido espontáneamente con unos amigos. Una superoferta de vuelo porque no se habían llenado este puente, por eso de la crisis supongo. Marruecos, el desierto… Me trae recuerdos. La postal era una señal. Algo pasará en Marrakech.

P.S. Compré un libro, claro. Una mitología hindú. La verdad es que para lo versado que estaba el hombre en el tema, lo que me ofreció parecía más bien de mala calidad. Una mitología barata, de esas con papel de grosor considerable, pero que se ve que es rudo. Con una impresión borrosa en algunas páginas, llena de faltas de ortografía y fatalmente traducida del inglés. Al menos, la emoción me salió barata. Señales a 5 euros. ¿Quién da más?





C’est cool être bi

8 09 2008

El otro día vi que se le salían los ojos de las órbitas cuando anuncié mi retorno al mundo hetero. Mire, no me irá a decir que es una de esas personas con obsesión freudiana y que va a empezar a interpretar mis sueños en base a simbolismos fálicos o vaginales o algo así. No se equivoque, yo no soy de esa gente. He leído a Freud y más bien me parece una gran chorrada que hoy sólo se publicaría en la sección de autoayuda. Más Platón y menos Prozac y La interpretación de los sueños todo en la misma estantería, publicado por la misma editorial. El siglo XX nos ha agotado con sus charlatanes que traían métodos de salvación infalibles y terapias alternativas que iban a curarnos a todos de esta pesadilla… ¡y han fracasado! Freud inclusive. Aunque no le negaré que la imagen del diván y el psicoanalista ha triunfado en el cine, seguramente gracias a Woody Allen. Esa no sería una cosa que yo destacaría en positivo de su cine. Desolé.

Pero puedo entender que un hombre de su edad no haya comprendido esto de la vuelta a la heterosexualidad. De hecho, no es una vuelta, yo siempre he estado en el mercado hetero. Evidentemente, faltaría más. No es una vuelta, sino la constatación de que caí de nuevo en las redes de una mujer. Últimamente me había dejado engatusar más a menudo por tipejos bien parecidos, masculinos, con tendencia a interesarse por las personas de su mismo sexo. Otramente llamados gays y un montón de apelativos despectivos más que si quiere podemos enumerar un día. ¿Eso le parece mal? No, claro, a usted que le va a parecer. No opina. Mire, lo cierto es que puede resultar algo extraño que una persona se declare bi para alguien de su edad, pero en la generación de los 20, la mía, es casi una obligación. No se puede vivir en la ciudad más cool de Europa, con el permiso de Berlín, la ciudad con más ambiente homosexual, más liberal, más abierta, más tolerante… y no confesarte, al menos, bisexual. Entiéndame, no se trata de una bisexualidad activa en todos los casos. Hay gente que lo toma como la confirmación de que si sucediera el temido encontronazo con alguien del mismo sexo, pues no nos íbamos a escandalizar. O sea, la teoría de la mente abierta. No importa que usted esté al 100% seguro de que le gustan las mujeres. ¿Cuando las ve desnudas se excita? Bueno, eso es lo normal y deseable, ¿no? Yo no le digo que se tenga que fijar ahora en los hombres, ni tan siquiera tiene que ponerse un video gay para ver si se excita. ¡Déjelo correr! Simplemente, afirme que su apertura de mente no le impediría tener relaciones con un hombre si se diera el caso, aunque de momento parece que tiende usted a preferir las mujeres. Ser bi es guay y, en Barcelona, es casi una conditio sine qua non para estar al día.

La verdad verdadera es que tampoco hay tanta diferencia entre darle un besillo a una señorita o a un caballero. A veces se puede encontrar que el hombre tenga bigote o barba, que ahora se lleva mucho—aunque hay señoras que debieran considerar una depilación facial, que con decolorante no es suficiente.— Hay gente que mantiene los ojos abiertos todo el rato, pero son los menos. ¿Usted es de esos que quiere estar seguro de lo que pasa en todo momento, quiere tener el control? ¡Cierre los ojos! ¿Dónde ha quedado su romanticismo? Pues eso, que si cierra los ojos pues no deja de ser casi casi lo mismo. Si pasamos a palabras mayores, pues sí que hay diferencias y si llegamos a las últimas consecuencias, pues hay UNA GRAN DIFERENCIA… bueno depende de donde le toque. Como decían antes, si usted hace de mujer o de hombre. No le parece gracioso. Algún día le daré más detalles sobre eso.

El caso es que a mi me costó aceptar que si la tendencia marcaba tener la mente abierta, había que tener la mente abierta. Recuerde que yo vengo de un pueblo. En mi pueblo, tener la mente abierta tal vez implique aceptar la posibilidad de tener una relación sexual continuada con alguien del pueblo de al lado, evidentemente del sexo opuesto. Mente abierta es comer en un restaurante chino una vez al mes—evidentemente ensalada china, arroz tres delicias y pollo con almendras o cerdo agridulce.— Ser moderno es sinónimo de ir al gimnasio y realizar un poco de meditación en el parque. Aunque las cosas están cambiando… no se crea. Pero vaya, que en mi pueblo ser bi no es cool y en Barcelona sí. Total, que el día en que me encontré frente al primer tío que pretendía meterme la lengua—gracias a Dios que no tenía pelos en la cara— me costó decidirme a separar los dientes. Además me preocupaba su insistente aliento a “he bebido más de la cuenta”. ¡La gente bebe una barbaridad por la noche! Pero vaya, que su halitosis parecía fruto sólo del alcohol y eso me dejó medio convencer—luego descubrí que era permanente.— Y tengo que decirle con autosatisfacción que fue un buen beso. El tipo, luxemburgués—una raza extraña y por eso, supongo, algo excitante—no lo hacía nada mal. ¿Qué ha hecho Luxemburgo por el mundo? ¿Nada? No sé, es de esos rincones del planeta totalmente inocuos y anodinos, con una gran renta per cápita y cuatro gatos. Pero volviendo al beso. Técnica 8.50. Ejecución 8.50. Penalizaciones 1.00 por el aliento, claro. Así que con un 16.00 le dejaríamos en una buena posición en el ranking. Y admitiré que tal vez en la percepción técnica y artística del jurado, influyó la poca predisposición al acto sexual nivel 1 de la contraparte. Ve, así empieza todo. A partir del primero es mucho más fácil aceptar que la fauna potencialmente pescable es mucho mayor. ¿Por qué ceñirse a un solo sexo, cuando parte del otro está dispuesto a dejarse cazar? Hay mucha soledad, mucha necesidad de satisfacción. Si puedo cooperar, pues hago el esfuerzo. Pero, entre usted y yo, espero terminar con una bonita mujer que me deje comprarle vestidos con vuelo para ocasiones diversas. Y zapatos, muchos zapatos. Pero eso no se lo digo a los chicos con los que flirteo. A muchos no les importaría lo más mínimo, total van a lo que van, pero ahuyentaría a alguno… y ya le he dicho que no hay que cerrar la puerta a nada. Ábralo todo. La mente, la boca y bueno… más cosas. ¡Hay que ventilar! ¡Hay que ventilar!

P.S. Me salió una llaga después del luxemburgués, de los nervios; pero repetí. Por eso se que la halitosis no era alcohólica. Es lo que se llama un “Le olía la boca. Mucho. Siempre.”





Too drunk to fuck

6 09 2008

El otro día quería contarle algo y se me olvidó. La cosa era tan simple como que me habían invitado a una fiesta de fin de verano. Hacía años que no asistía a un acontecimiento de tal envergadura. Durante mi infancia y adolescencia, este acto coincidía con el aniversario de un niño de mi pueblo, que aquí llamaremos Albert Puche, para que no haya malentendidos. Su padre montaba una merendola con todo tipo de juegos al aire libre en el jardín de su casa. Recuerdo que cuando nos marchábamos, siempre nos embargaba un sentimiento de profundo pesar, como si el final del verano augurara un cambio radical de nuestras vidas. En realidad, sólo iba a empezar otro curso y nos seguiríamos viendo a diario, o de fin de semana en fin de semana con aquellos que eran de la ciudad. Pero, fíjese que tan pequeños ya habíamos entendido la trágica carga que conlleva el paso del tiempo. Alguna vez, incluso soltamos alguna lágrima. Yo, pocas, no soy muy dado al sentimentalismo, aunque, ¿por qué engañarle? Lo pasaba muy mal para mis adentros.

Pues, después de muchos años, me invitaron a otra. Esta, sin duda, tenía un aire más festivo y algo libertino. O sea, era una fiesta subidita de tono, con el objetivo de pasar un buen rato medio alcoholizados y, a ser posible, pillar cacho antes del final de la estación que es, en teoría, la más apta para el sexo, que no para el amor. Estaba organizada por un amigo de un amigo, uno de esos que ni conoces pero que te cae súper bien cuando se plantea la opción de ir a su fiesta en un bar con jardín en la zona alta. En este caso el lugar era Aulazero, el café de la Escola Eina. La noche era de cuarto creciente, una estampa muy orientalizante, habían llenado el local con velas e incienso de jazmín, of course, y las copas iban a 6 euros. La entrada triunfal a tal garito era un poco lúgubre. Yo había estado allí alguna tarde, tirado en la hierba del parque, esperando a una amiga que estudiaba en la escuela. No se me había pasado por la cabeza que allí se pudiera montar algo que no fuera un simulacro de peli de terror una noche de verano, pero, ¡mire! Montan fiestas… Con todo, voy a confesarle que los camareros podrían haber servido de relleno a una peli de zombis. A mi, el tipo de la música no me dio muy buena espina.

Como habrá adivinado a estas alturas no me había comido un rosco en todo el verano. Y, de súbito, recuperé mi olfato para las relaciones heterosexuales—no se extrañe, hay que tener mentalidad moderna.— Ella, con una camisa ajustada abierta hasta donde es lícito enseñar, unos falda tejana ajustada, chanclas bahianas de su talla, sus gafas de pasta y un perfume suave, afrutado, irresistible. La vi desde el primer momento porque gritaba, mejor dicho, hablaba a voces. ¿Sabe usted ese puntillo de cuando llegas a un local con alguna copilla en el cuerpo, ese en que no tienes que irte uniendo a la fiesta porque ya la traes a cuestas? Pues en ese momento estaba Laia. Después de pedir su cubata, se dirigió hacia mi amigo con quien había estado hablando de sus últimas vacaciones de pareja en Cabo Norte—o sea, tostón.— Atacó sin piedad al pobre chico, que debe estar de mejor ver que yo, o simplemente no lleva gafas—las gafas son siempre un desmotivador en el acto de tirar cañas y no entiendo el porqué si luego descubres que la mitad de los que salen sin gafas usan lentillas o van de cegatos toda la noche; yo me abstengo de tal farsa, con gafas toujours.— Marcel le dijo muy educadamente que él ya estaba pillado, pero que ahí estaba yo, soltero y dispuesto a darle un buen rato de conversación. Una sonrisa falsa se dibujó en mi boca, de lo último que tenía ganas era de pretender ser gracioso e interesante con una borracha.

Laia, que cuidaba una iaia, era una tipa que no esperaba mucho de la noche. Los éxitos del verano iban sonando y Laia, que cuidaba una iaia, fue deshojando su miserable vida ante mi cara atónita. Estuve hora y pico sentado en un rincón sorbiendo un gin tonic y escuchándola quejarse. ¿Conoce el desmoronamiento postalcohólico? Es eso en lo que caes cuando ya has pasado la raya, pero tu cuerpo se niega a caer en redondo. Se trata de una fase extremadamente trágica y particularmente patética. Con esfuerzo titánico, y deduciendo de las varias repeticiones y los gangueos, saqué en claro que la había dejado el novio y estaba triste, deprimida y ansiosa por encontrar un substituto. Lo peor no era la intención, sino pregonarlo a los cuatro vientos ante un posible candidato a rollo de la noche. Incluso me soltó que si no lo encontraba, el substituto, estaba dispuesta a rogarle al exnovio, que aparentemente tenía que llegar en cualquier momento. Empecé a odiar a Marcel y a la fiesta de fin de verano. En cuanto pude me escapé a por otra copa con el deseo intenso de ponerme a bailar en la otra punta de la ciudad, para que no me encontrara Laia, que cuidaba una iaia. Pero Laia, que ya sabe lo que cuidaba, me encontró. De hecho mandó a una amiga para decirme que sólo iba a permitir que alguien la llevara al baño si era yo. Ante la amenaza de mearse en medio de la pista de baile accedimos al chantaje. Cuando la cogí del brazo me pegó un morreo con sabor a piruleta de corazón. ¡Que tierno!, puede pensar. Lo cierto, es que todo empezaba a ser demasiado embarazoso.

La acompañé al baño e insistió que la llevara hasta la taza. No le engañaré, cada vez se sostenía más de mi brazo y murmuraba cosas incomprensibles. Créame que lo hice lo mejor que supe: le bajé la falda—muy apretada, muy muy apretada— la senté ahí en el wáter y esperé a que terminara girado hacia la puerta. Mientras, le juro que decía algo así como que yo debía ser maricón para no mirar a una mujer medio en pelotas que se le ponía a tiro. Lo cierto es que oír como mea una casi desconocida me pareció el súmmum del antisexy, así que imaginé que aquel sonido contra la cerámica no estaba existiendo. Joder, pero mira si estaba cuerda la Laia, que cuidaba una iaia, que se subió las bragas mientras me perdía en mis pensamientos y me arrinconó contra la puerta. Después de meterme mano un par de veces, me introdujo la lengua hasta la campanilla y pronunció aquella frase de “¿vamos a tu casa o a la mía?” que en su estado parecía un poco penosa. Pero lo que me decidió a no ir, fue la coletilla “igualmente, mañana no me voy a acordar”. Oiga, disculpe, yo sí que me iba a acordar. Tirarse a una borracha, recién dejada por el novio, a quien has oído mear en un baño público y con serias posibilidades de vomitarte en el taxi no es la puesta en escena más ideal de una noche veraniega de placer. Así que salí un poco mosca, dejé a Laia, que cuidaba a una iaia—empiezo a pensar que la iaia la cuidaba a ella—con sus amigas y me reintegré con mi grupo, maldiciendo a Marcel de nuevo.

Sólo voy a añadir, que después de caer medio muerta en la puerta del local, se lió con su exnovio que había aparecido. Pero, al final de la noche, ya un poco recuperada, vino a despedirse. Me dijo que había sido muy majo y me dejó una nota en el bolsillo con su teléfono. “OTRO SE ME HUBIERA TIRADO EN EL BAÑO. LLÁMAME” y un número de móvil. La grafía era algo dubitativa. Quizá la llame.





No quisiera parecer pedante

4 09 2008

¿Ve? Estoy leyendo a Paul Auster. Este me lo regalaron. ¿Ve? No es de bolsillo. Este vale dinero. Me está gustando parcialmente. O sea, la historia engancha, pero ya está, no va más allá. Entretiene. No va más allá. ¿Sabe? Hace poco descubrí que una obra maestra es aquella en la que no sobra nada—y casi seguro que en la universidad intentaron enseñármelo en más de una asignatura.— ¿Ha tenido últimamente la sensación de ver una película o leer un libro donde no sobra ni una escena, no cambiaría ni una coma? A mi me pasó hace poco, con una película: In the mood for love—sí, sí, en inglés como mínimo, a no ser que domine el cantonés.— Esto en el mundo de la intelectualidad cinéfila sería un “hay que verlo”, ni un clásico ni un descubrimiento—otro día le cuento las categorías en que se divide la intelectualidad cinéfila.— Tal vez no conoce a Wong Kar Wai, pero no es necesario exteriorizarlo. Si sale en sus conversaciones sonría y asienta con la cabeza. En la mayoría de ocasiones, no irán más allá. Con el volumen de información que hay que manejar en el mundo en que vivimos es difícil encontrarse con alguien que tenga algo más que una opinión superficial sobre un autor de Hong Kong que ha hecho una película espléndida y otras muchas pasables. Si le ha gustado mucho el director, nunca está de más memorizar algunos títulos: Chunking Express, Days of being wild, 2046, My blueberry nights… ¿Ve? Recuerdo parte de su filmografía con su título en inglés—Mis noches de arándanos no sería lo que llamaríamos un referente cinematográfico válido, a no se que se confiese usted amante de Parchís o Marisol.— Eso también debe tenerlo en cuenta si quiere moverse en círculos donde se le considere una persona culta. Sólo he visto 2046, que venía en el pack de la FNAC donde compré In the mood for love. Mucha referencia intertextual, pero nada digno de ser recordado. Suerte que la primera valía el precio que pagué por las dos. ¿Ha visto? Los DVDs sí que puede comprarlos en la FNAC. De hecho, no hay muchos otros lugares, parece que es más fácil comprar un DVD pirata que la obra original en esta maldita ciudad.

Pero hoy no quería hablarle de cine, de eso trataremos otro día, ¿si no le importa? Siento que con esta entrada le haya parecido algo pedante. Verá, le cuento un poco mi vida y verá que soy un personaje de lo más corriente. Es lo que le exponía del aura. Hay que formarse un aura determinada, aunque luego uno sea tan del montón que no pueda distinguirse de la multitud ni atentando en plenas Ramblas contra un turista holandés. Hay que luchar por individualizarse de la multitud, igual que hay que luchar porque haya referencias interesantes de uno en el Google. Búsqueme dentro de unos días, a ver si salgo por algo con más caché que el blog. Tengo algunos proyectos en mente… ¿Sabe? Yo lucho por individualizarme, por crear un aura inmediatamente, pero me parece que carezco de empatía. Eso me perjudica. La mayoría de gente me encuentra un poco plasta. El primer día anuncié algo parecido a las historias de chic lit y lo que he desarrollado es un monólogo algo pretencioso sobre como ser un perfecto intelectual, leyendo poco, en la sociedad del siglo XXI. Me doy cuenta que eso es imperdonable.

¡Mire! Yo terminé mis estudios con unas notas excelentes. Desgraciadamente no fui el mejor de mi promoción. Un tipo con gafas y culo respingón que seguirá siendo virgen, sin duda, me ganó la partida. Creo que acampaba en el almacén de la biblioteca en el periodo de exámenes y salía cuando ya habían pasado las revisiones. Nunca entendí porque seguía yendo a aquella sala con olor a cola de carpintero, bajo la luz y el sonido penetrante de los fluorescentes. Tal vez sufría adicción a la cola o al sonido de los fluorescentes o a las letras de sus apuntes. El caso es que después de las revisiones salía del cuartucho, pálido, cerúleo y desnutrido. ¡El tío no desfallecía! Un crack del freakismo y el empolle. Si hubiera sabido que el premio por ser el mejor de la promoción era en metálico tal vez me habría esforzado algo más, aunque tengo mis dudas de haber podido superar a la máquina de memorizar que era este hombre. Una raza superior, sin duda. Con el dinero tal vez le habrá dado para una prostituta. Tal vez no sea virgen ya. ¿Qué se habrá hecho del tipo? No recuerdo su nombre. ¡Lástima!

Cuando terminé la carrera, digamos que había aprendido algunas cosas. Ninguna de ellas pareció interesar a los empleadores de entes privados. Tampoco tuve mucha vocación por lanzarme a las manos de la empresa privada para que hicieran de mi un don nadie aferrado a su contrato fijo y sueldo de mil y pico euros, cuatro semanas de vacaciones y un lote de navidad. Con suerte dos pagas dobles. ¿Qué se cree? Tenía sueños de altos vuelos. Me presenté a convocatorias del Ministerio de Asuntos Exteriores, del Ministerio de Educación, del Ministerio de Cultura. ¡No se equivoque! No para ser funcionario, sino para ocupar una plaza en cooperación cultural o educativa en el extranjero. Me presenté a profesor ayudante de castellano en la isla de Reunión—que es Francia, pero cae por el Índico,—de cooperante voluntario en Etiopía para un proyecto sobre museización de provincias periféricas con etnias minoritarias, para ayudante del departamento de cultura en la embajada de España en Tailandia… Me ignoraron en todas las convocatorias. Mi francés no era suficientemente alto, mi experiencia como antropólogo nula, mi formación en gestión cultural inexistente… Al final me pude ir, casi rogando, de profesor de inglés a una comunidad aparentemente empobrecida, de los suburbios de Casablanca en Marruecos. No me diga que eso no suena glamouroso. Casablanca, digo, no el trabajo. ¿A que no adivina? Trabajé un mes, todo agosto, cuatro horas diarias de clase, con unos niños nada proletarios—tal vez algunos sí, pero la mayoría eran hijos de profesores y cosas similares.— Me tuve que pagar el avión cuando todavía no existía el low cost a Marruecos. Y me pasaron mil aventuras que un día le contaré. Eso se conoce ahora como turismo solidario. Yo lo llamaría un timo, aunque tengo que reconocer que me gustó que me timaran. Fue conmovedor vivir con una familia autóctona que no hablaba más que árabe, haciendo muy difícil la comunicación—claro, claro, la gente new age dice que nos entendíamos con las miradas y las sonrisas cómplices, pues yo le digo que simplemente no nos entendíamos, vivíamos en la misma casa vidas aisladas.— Fue tan tierno levantarse a las dos semanas para abrir con urgencia la fuente en que se había convertido mi recto—difícil decirlo de un modo agradable, ¿me entiende? Tuve una gran descomposición.— Cuando salí del baño, encendí la luz del cuarto donde dormía y descubrí que la pared donde reposaba mi, ejem, cama estaba plagada de cucarachas. ¿Unos cientos? Bueno, seré sincero; de veinte a treinta. Resignado ante tan abrumadora demostración del poder de los insectos para derrotar a la Humanidad, separé la, ejem, cama de la pared y me tumbé a dormir dentro de mi saco hecho de sábana esperando que las cucarachas encontraran la felicidad en el contacto continuado con aquel papel pintado. A la mañana siguiente habían desaparecido, aunque quedaban algunas dentro de mis zapatillas. Fue aleccionador, como le digo, vivir en Casablanca. Y si le queda la referencia cinéfila, pues olvídela; el Rick’s café sólo puede ser hoy en día un cabaret lúgubre e insalubre.





Instrucciones para ser un perfecto intelectual

1 09 2008

¿Sigue perteneciendo a mi audiencia potencial? Me alegro. Hoy venía con una buena historia que contar y se me ha olvidado por el camino. Además llego tarde. Veo que no le importa, se ha traído un libro. Pero, diga, ¿es un libro decorativo, de esos que uno sostiene para aparentar que lee, o lo está leyendo de verdad? No hemos venido a hablar de usted. ¡Tiene razón! Es algo que yo hago. A veces cargo el bolso con más de un libro, a sabiendas que no voy a tener tiempo de abrirlos. Simplemente me acompañan. Le diría que es una licencia que doy a mi soledad o igual intento hacer algo de ejercicio acarreando el peso del papel sobre mi espalda. El peso del papel, del conocimiento universal condensado en aquella novela de un escritor japonés que acaban de traducir. ¿No me diga que usted no hace eso? Muéstreme lo que está leyendo. Vaya, me ha decepcionado. El último premio Planeta. Lo que yo le diga, decepcionante.

Si usted quisiera crear un aura de interés a su alrededor intentaría sorprenderme con algo más innovador, elitista o aplastantemente clásico. Esta es una táctica que el humanista de pro debe dominar. Le confieso que a mi no me gusta leer, lo hago porque me obliga mi profesión, en un sentido general. ¡No pregunte! Del trabajo, le hablo en otra ocasión. La gente espera algo de un intelectual. Digamos que soy un intelectual en formación. No hay intelectuales de veinte años, pero con veinte años puedes forjarte el personaje de un intelectual. Mire, lo que tiene que hacer es seguir levemente las tendencias. Paséese por un par de librerías del centro, donde tienen las últimas novedades apiladas en grandes montones a la entrada. Cójalas y léase las contraportadas. Eso siempre da una idea de los argumentos generales de lo que se lleva. Luego, deje los libros en su lugar y abomine de ellos en cualquier pequeño círculo en el que salga el tema literario. Es una pena que últimamente la lectura vaya tan de capa caída, porque hay que ampliar el campo de investigación sobre las tendencias: lo que se ve, lo que se lee, lo que se oye… Usted ya me entiende. Con todo, a veces sirve de algo haber invertido los viajes de metro de la última semana en pasar páginas de un libro ¿Qué debe leer entonces? Pues mire, yo le recomiendo que aproveche la visita a la gran librería para hacerse una idea de lo que se vende, luego se dirija a la sección de bolsillo y observe que es lo que está más publicado en barato. Eso es lo que verdaderamente ha triunfado. Ahora se lleva mucho Paul Auster, ¿se ha fijado? Bueno, pues del autor que copa los estantes de bolsillo tiene que leerse un par de ejemplares. Es imprescindible tener una opinión de lo que ha triunfado. De las novedades, no. Con abominar de ellas es suficiente. Además eso le ahogaría el presupuesto literario del mes. Márquese un presupuesto, sino se plantará en la librería equivocada y comprará demasiado o demasiado poco.

Hay librerías equivocadas, claro. El local es importante. No es lo mismo comprar una edición de bolsillo de Julian Barnes en la FNAC que en La Central. Las tiendas tienen un aura también. Los intelectuales compran en La Central o en alguna pequeña librería escondida en un barrio bohemio, pongamos por caso, el Raval—si tiene una librería de barrio de confianza, le concedo la licencia.—Uno no puede salir de una librería como La Central con un solo libro. A La Central vaya a recrearse en la parte estética de la compra. Aparente que lee las contraportadas, merodee por la sección de fotografía—eso siempre añade un elemento de prestigio,—pregunte por alguna rareza en información. Lo bueno que tienen estas librerías es que en información saben algo de literatura. En la Formiga d’Or a veces no saben decirte si existe traducción de Saramago al portugués, una vergüenza.

¿Qué comprar? Pues mire, yo le recomendaría que tuviera sus autores de cabecera. Patricia Highsmith o Danielle Steel no son un autor de cabecera, que quede claro. Debe buscar alguien ya consagrado, a poder ser sin un premio Nobel. Saramago tiene un premio Nobel, pero me sirve. Debe ser un autor con carácter, personalidad, un estilo definido. Le diría que Baricco es un buen ejemplo. El hombre no escribe mal. ¿Sabe que tiene un taller de escritura creativa en Torino? Siempre hay que usar el topónimo en lengua original a ser posible. Me gustan sus historias. Las construye magistralmente, para luego hacerlas subir como un soufflé. Pero no sabe terminarlas. Cuando te vas a comer el soufflé, pues te explota en la cara. Pero vaya, Baricco me sirve, y a usted también le sirve. La gente le respetará por su buen gusto, es un autor muy de moda en la joven escena intelectual, alternativa, pobretona y progre. Anagrama Compacta, 6 euros. Pagable y leíble. Compre sus libros en etapas, no se compre toda la bibliografía de golpe. Siempre puede decir que le faltaba ese u otro título y que está deseando que publique la nueva novela—la cual comprará en edición de lujo, claro.— En mi caso, Baricco y Barnes se han convertido en los autores de cabecera. Pero siempre me descuelgo con algún clásico. El último ha sido Mientras agonizo de Faulkner, pero no sería raro que me leyera la Ilíada en breve, o Rayuela de Cortázar. Son obras que siempre debe tener en cola—si puede ser no las compre el día de la compra estética o si le pillan diga que los clásicos siempre hay que recuperarlos o releerlos o actualizarlos o que ha salido una preciosa edición o una nueva traducción mejorada o alguna bobada similar.—Finalmente, elija al azar algunos libros que acaben de salir, de autores que sólo tengan uno en el catálogo de bolsillo, asiáticos a poder ser—o árabes.—La intelectualidad siempre está necesitada de descubrimientos y como hoy en día casi todo está descubierto, al menos intente que lo exótico del nombre le sirva para darse aires de experto. La mayoría de veces le parecerá terriblemente malo el libro, déjelo no tiene que leerlo entero, pero prepárese unas cuatro o cinco líneas con su opinión formada acerca de la nueva literatura japonesa. Otro día le hablaré de lo que pienso sobre Japón, evidentemente tengo una opinión formada sobre eso. Yo sólo he descubierto a Arundhati Roy. Me leí el Dios de las pequeñas cosas mucho antes de que la gran audiencia fuera seducida por lo bonito del título. Su magia en el domino de las palabras, su narrativa rompedora y extremadamente expresiva lo han convertido en mi gran recomendación. El título gusta y la historia casi siempre atrapa. Lástima que sólo escribiera una novela. Me he leído sus artículos periodísticos, pero eso no vende como la literatura, ¿sabe? Los demás intentos por abrir camino que he realizado por mi cuenta han sido bastante frustrantes. En cambio, acostumbro a seguir los consejos de amigos y conocidos que apuntan hacia aquí o allí; a veces termino satisfecho, a veces dejo de hablarles. La mayoría de veces me aburro como una ostra. Banana Yoshimoto es un caso paradigmático. Me leí Kitchen después de ver la gran aceptación que había tenido entre mis amigos japoneses. Algún día le resumiré el libro, pero le advierto que si lo tiene en su lista de lecturas es un error en mayúsculas. Cuando a uno no le gusta un libro del que ha recibido buenas críticas debe optar por la vía masoquista: comprarse otro del mismo autor o autora y corroborar o corregir su opinión general. La mayoría de veces el segundo lo deja a las cien páginas. ¡Eso es corroborar!





¿Qué sabe usted del arte?

29 08 2008

El otro día no me creyó cuando le dije que tenía 27. Los tengo, los cumplí la semana pasada. Soy leo, suponiendo que eso aclare algo. Del último día en que uno puede ser leo, suponiendo que eso aclare algo más. Le cuento esto porque el día de mi cumpleaños—un día bastante anodino, por cierto—me propuse contar la verdad sobre mi vida. Le suena parecido a lo de Bridget. Cierto, pero ella lo hizo en Año Nuevo. ¿No se acuerda? Después de una fiesta en casa de su madre donde servían compulsivamente comida en miniatura y pavo al curry. Siempre he querido saber que ha hecho a los guionistas británicos decantarse por el pavo para mezclarlo con una salsa de curry, probablemente de bote. ¡Qué desagradable! Yo cocino, ¿sabe? Y no lo hago del todo mal. Pues Bridget lo hizo en Año Nuevo, estaba gorda y fumaba como un carretero, lo que ella vinculaba inextricablemente con ser/estar soltera. Yo no fumo, bebo con moderación y mi peso, del que algún día le hablaré, es el correcto, sólo que está distribuido de una forma irregular debido a cuestiones genéticas. Es que este cumpleaños fue tan desastroso que pensé en tomar medidas contra mi miserable vida. Llevo meses sintiéndome desvivir. No es agradable hacerse mayor y darse cuenta que las cosas tienen cada vez menos luces parpadeantes, menos chiribitas. Cada vez  tiene uno menos perspectivas emocionantes al fondo del túnel. Y un día te levantas por la mañana y dices, era eso: ¡Sólo hay túnel! O sea, que el túnel no es tal, sino una cueva. Se da cuenta, eso es filosofía posmoderna, pensamiento urbano. La vida como cueva. Tengo que madurar esta idea, pero creo que le voy viendo el sentido.

 

Así que he decidido hacer un diario para que el mundo, o sea, mi audiencia potencial, sepa como es la vida de verdad de un soltero medio, algo mediocre, con pocas luces, pero con algunas luces, en la Barcelona de 2008. El tiempo y el lugar es importante. Se lo repito: me llamo Brígido Juan, tengo 27 años, acabé mi carrera hace cinco, no utilicé ni un semestre más de lo estrictamente necesario y después de este tiempo la vida se plantea bastante gris. En escala de grises. No me mire con esa mirada de “yo estudié ingeniería y soy feliz con mi vida estándar”. Yo no estudié ingeniería, sino Humanidades. Con mayúscula. Por dios, cambie la cara. A ver, es usted de los que se preguntan que es eso de las Humanidades, de los que va a decirme que eso no me va a servir de nada en la vida o de los que está pensando que me pasé los cuatro años en el bar fumando porros y no se atreve a decirlo. Usted es de ciencias, lo percibo. Ah, sabandijas que se creen autorizados a opinar de las ciencias humanas sin ninguna base, mientras que en su campo no se puede meter la nariz porque una persona normal se pierde en tecnicismos y vocablos absurdos. Pues sepa que es tan patético un científico de los suyos opinando de literatura, como uno de letras hablando de la física cuántica. No hay más verdad en uno que en lo otro, simplemente el siglo ha dado una credibilidad a las ciencias experimentales que no se merecen. Lo que sucede es que por azares inexplicables, se considera lícito que uno de ciencias diga estupideces infundadas sobre cualquier manifestación de la cultura. ¿Acaso cree que un ingeniero en geología puede comprender las profundidades de la provocación del dadaísmo en la sociedad de los años veinte? No tiene ni pajolera idea. No tiene herramientas para dar una opinión fundada en conocimientos reales sobre la época, la filosofía, la estética y el dominio de las técnicas artísticas, pero se deja llevar por lo fácil de emitir un juicio sobre el urinario de Duchamp, la “Fuente”, y soltar un “pues vaya mierda de cosa a la que se llama arte”. La dicotomía ciencias – letras existe más allá de lo que uno elija en el bachillerato, es una forma de entender la vida. Yo, sin duda, soy de letras… o sea, no voy a hacer nada de provecho en esta vida, a parte de divagar sobre ideas y experiencias. Es como lo de la cueva, no le parece una idea genial. Debo profundizar en ella. La vida como cueva. Interesante.





Bueno, total, que me ha pillado

27 08 2008

Sí, sí, he grabado—y transcrito—nuestra conversación de ayer y si no le importa haré lo mismo hoy. ¿Ya lo ha encontrado? ¡Qué bárbaro! Me ha buscado en Google y le ha salido un blog llamado La Vida Láctea. Desgraciadamente no salgo en ninguna otra entrada si me pone entre comillas. O sea, que si busca “Brígido Juan” le sale el blog en primera instancia. Luego, ¿se ha fijado que salía un tal Brígido Juan en una web de niños extraviados? Es terrible, la mayoría de enlaces llevan a ese niño extraviado. Bueno, no es tan niño, 16 cuando se escapó. Argentino, de Buenos Aires. Tengo que decir que si primero me dio un vuelco el corazón, después pensé que se habría marchado y estaría haciendo su vida por algún rincón de la Pampa. Seguiré el caso y le cuento. Luego hay otros que simplemente han obviado un signo de puntuación entre los nombres de Brígido y Juan, y que conforman largas listas de personas pertenecientes a vaya usted saber qué tipo de asociación. De todos modos, no deja de sorprenderme la cantidad de yuxtaposiciones de los nombres Brígido y Juan que existen en la red. ¿Y lo popular que es el nombre Brígido en América Latina! Si me busca sin comillas, Brígido Juan, pues le salen los mismos, más un mogollón de enlaces, fundamentalmente a páginas de onomástica. Hoy en día, si no apareces en Google, no existes. ¿Cuántas veces aparece usted? ¿No le interesa? Pues debería interesarle. Luego lo busco.

 

¿Por qué ese título? Pues al principio pensé en llamarlo “Mi Verdad”, algo sencillo y que satisficiera mi ego. Pero luego me di cuenta que eso sería copiar una de las tantas creaciones léxicas de una amiga, que ahora no viene al caso. Así que ante la posibilidad del plagio, creí más acertado inclinarme por la creatividad propia, que no es muy brillante, todo sea dicho de paso. Y se me ocurrió ese título. Dirá que no tiene mucho que ver conmigo, a no ser que recurra a lo del envase de leche y al brie que le comentaba el otro día. Necesitaba algo sonoro y fácil de recordar. ¿No le parece que suena bien? ¡Y no me diga que no es magnífico como se puede utilizar hoy en día esta argucia de la literatura contemporánea para versar sobre sí misma, sobre la creación artística! Pues nada, debo decirle que es también un plagio. Es un plagio involuntario, porque no sabía que en el 1992 se hizo una película con el mismo título. Parece ser que iba sobre un viejo que quería revertir el tiempo y volver a la infancia y cuando lo conseguía no recuperaba la felicidad de antaño, supongo que porque llevaba la herencia de la experiencia o algo así. Salía Mickey Rooney y Emma Suarez. Pasó sin pena ni gloria. Como ve, yo también he hecho los deberes con Google.

 

¿Por qué le grabo? Si ha observado, disculpe, escuchado bien, usted no aparece más que como interlocutor. Lo que escribo son mis fragmentos. Es el único modo de mantener la magia de la oralidad, ¿se da cuenta? Ah, ahí me ha pillado. A veces corrijo algunas cosillas. Ya habrá notado que a veces me atropello, me encallo, balbuceo o incluso tartamudeo. Son los nervios. No estoy acostumbrado a acaparar tanta atención. Tanta atención, bueno, la totalidad de la atención. También uso algunas coletillas odiosas, del tipo “bueno”, “total” y cosas por el estilo. He limado algunas asperezas sin importancia. No sea tan estricto, creo que mantuve el tono bastante bien.

 

Y la gran pregunta final, ¿por qué le cuento esto al mundo? Bueno, a usted se lo cuento porque me ha preguntado, de eso se trata, ¿no?. No puede usted sentarme aquí y preguntarme mi nombre y esperar que no le suelte mi rollo. ¿No le parece? Bueno, tiene razón, podría haber sido más escueto, no era necesario extenderse en pormenores, pero veo que le interesa. ¿Me equivoco? Al mundo… pues veremos si le interesa o no. Mire lo cierto es que hay mucho público para mi historia. Mujeres solteras de veinte, mujeres solteras de treinta, separadas y divorciadas de veinte, treinta y cuarenta, alguna casada liberal; también los gays, que siempre son un público potencial de todo lo que va dirigido a las mujeres solteras, separadas y divorciadas. Dirán que mi historia es en realidad carnaza de chic lit. ¿No está familiarizado con la terminología? Literatura barata, digo, de esa que se lee en un abrir y cerrar de ojos en el metro, donde la protagonista es una profesional liberal solterona, adicta a las compras y que busca el amor. Con un gay, una casada y alguna amiga cómplice, para rematar la jugada. Ya, ya, tiene razón, esto es un blog y no se puede leer en el metro. La verdad es que ahí me ha pillado. Si estuviéramos en Japón, los aburridos tokyotas mirarían sus ultramodernos móviles conectados a Internet y se leerían mi historia cada mañana antes de entrar a sus monótonos y absorbentes trabajos. Un día le hablaré de lo que pienso sobre los japoneses. Tengo mis ideas, no le digo más. No sé si algún japonés será público potencial. ¿Japonés gay? Tampoco. No sé, no tengo muy dominadas las tendencias de consumo de los japoneses gays. Pero volvamos, los hombres españoles, de habla española, pues tal vez sí que son un público potencial. Pero, ¿no le parece que si quiero contar lo que me pasa por la cabeza de soltero fracasoso veinteañero, mis tejemanejes, mis desvaríos, los hombres heterosexuales no tienen mucho que comprender? Bueno, usted es un hombre y su edad es considerable. ¿Hetero? Sin duda. Y espero que me comprenda. Disculpe, pero los cuarenta los tiene. Diga, ¿usted me sigue?